Algunas reflexiones sobre el momento político.

  1. Cataluña siga mandando en la actualidad. Tras las elecciones de Diciembre, en el independentismo aparecen tres posiciones distintas:
  • La CUP opta por una vía insurreccional, incluyendo la desobedeciendo a todas las instituciones del Estado, para hacer efectiva la proclamada independencia. Pero la CUP ha sido uno de los grandes derrotados y carece de fuerza para llevar a adelante sus ideas. En realidad es una posición declarativa dirigida a las demás independentistas que no parecen estar por esta labor.
  • Un sector del PdCAt entiende que el procés ha fallado en su objetivo (no se ha podido lograr la independencia) entre otras razones porque el apoyo a la independencia no era suficiente. Se trataría, ahora, de acumular fuerzas para volver a intentarlo más adelante, para lo cual hay que recuperar el autogobierno cuanto antes y gobernar Cataluña, aprovechando la mayoría otorgada por las urnas. Y eso pasa por formar un gobierno sin hipotecas judiciales, es decir, un gobierno autonómico efectivo. En esa posición parecen estar también algunos de ERC aunque la verdad es que ERC como tal partido, carece de una estrategia reconocible.
  • El sector que lidera Puigdemont está por enfrentarse al “Estado” contra el que dirige una campaña insistente. Al parecer lo que piensan es que manteniendo una crisis aguda y una confrontación abierta, el independentismo ganará apoyos y el Estado, al final, tendrá que sentarse a negociar con los independentistas, una idea que tiene bastante apoyo pero que es poco realista. Por ahora, esa estrategia pasa por elegir Presidente a Puigdemont y recuperar el Gobierno disuelto por el 155. Un gobierno así mantendría abierta la confrontación con el Estado que es de lo que se trata. Todos los independentistas han asumido esa línea. Pero la resolución del  TC, en la práctica, viene a decir que Puigdemont no puede ser investido Presidente. Está por ver si el independentismo se allana a poner otro candidato, lo que supondría entrar en la segunda vía. Para lo cual hace falta la aquiescencia de Puigdemont y su grupo. Este pequeño conflicto solo puede desembocar o en la elección de un Presidente distinto a Puigdemont o en nuevas elecciones, lo cual depende de la voluntad de Puigdemont y su grupo. Creo que lo más probable es que haya nuevas elecciones porque así se mantendrá abierto el conflicto, que es lo que quiere Puigdemont.

 

Mientras tanto sigue el goteo de políticos independentistas que abandonan la política. Se trata de políticos que han estado al frente del procés. Lo más probable es que quienes han formado parte de lo que Borrell llamaba el “Comité revolucionario” sean inhabilitados por los tribunales y se enfrenten a duras sentencias de cárcel. El fracaso del intento de secesión se paga, como sucede, dicho sea de paso, cuando fracasa un golpe de estado: los que lo dirigían van a la cárcel. Previendo eso Iceta se manifestó a favor de indultos a posteriori. Pero lo que es seguro es que todo el personal que ha dirigido la secesión se va a apartar de la política, bien sea motu proprio bien por decisión de un juez. Y eso implica que otra generación de dirigentes nacionalistas está a punto de tomar el relevo. Está por ver hacia donde  dirigen al nacionalismo, aunque no me sorprendería que, sin renunciar a una independencia en el futuro, vayan hacia una vía más templada, renunciando a la secesión y actuando dentro del orden constitucional.

 

 

  1. Quizás el rasgo más sorprendente de las elecciones catalanas ha sido la debacle del PP y el ascenso de Ciudadanos. Los sondeos confirman la tendencia a la baja del PP y la subida de Ciudadanos. En el PP han saltado todas las alarmas. En el PP confían en que la recuperación económica les ayude a ganar apoyos. Sin embargo, la recuperación se está dando en un contexto de bajos salarios y de un paro persistente y excesivo. Quiere esto decir, que de la recuperación solo se beneficia una minoría. No hay razones, pues, para que la gente corriente vea con simpatía la política económica del PP. A esto debe añadirse el surtido de palos que suponen los distintos casos de corrupción que están de plena actualidad judicial. Este año, el PP se verá condenado por financiación ilegal y las más importantes tramas corruptas quedarán al descubierto. Frente a eso, el PP carece de defensa, limitándose a intentar que la mierda no llegue a Rajoy. En definitiva, la perspectiva del PP es entre mala y muy mala y tampoco tiene pinta de que vaya a reaccionar.
  2. En la dinámica política anterior a la crisis, el desgaste del PP redundaría en una mejora de las perspectivas del PSOE, que sería la alternativa natural. Pero eso no pasa. Y esta sí es una gran novedad. Durante varias décadas la alternativa al PP era el PSOE y viceversa. Ahora, la alternativa al PP puede ser Ciudadanos. Si alguna vez pudo parecer que Podemos sería la alternativa al PP eso ha sido flor de un día y ya ha desaparecido. En definitiva, la alternativa a la derecha parece que también es la derecha, lo cual explica más que mil palabras la situación de debilidad y desorientación en que se encuentra la izquierda. El impulso renovador que supuso la fulgurante irrupción de Podemos en la escena política se ha agotado y el paradigma de ese agotamiento es el lamentable papel de Podemos y sus aliados en la crisis catalana. En el PSOE el discurso del “no y no a Rajoy” ha tenido un recorrido bien corto porque en la crisis catalana PSOE (y Ciudadanos) se han visto obligados a cerrar filas con el Gobierno, solo que Ciudadanos es quien parece haber capitalizado la posición unionista. La propuesta estrella del PSOE, la reforma de la Constitución, no parece tener mucho que ver con los problemas sociales que persisten en la recuperación, con lo cual su perfil se difumina ni da la impresión de que vaya a prosperar a corto plazo. En resumen, el PSOE (y también Podemos) necesitan emitir un discurso claro centrado en los problemas sociales y proponiendo otra política económica. A tiempo están.
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Los debates en la Comisión del Congreso para la evaluación y la modernización del Estado autonómico son, en cierto sentido, los prolegómenos de un hipotético proceso de reforma constitucional. Digo hipotético porque ni siquiera hay acuerdo entre los principales partidos para iniciar tal proceso, pero hay que reconocer que algo se mueve cuando se ha creado esta comisión. No hay una demanda social para proceder a la reforma constitucional, pero se ha abierto un cierto debate público para decidir si hay que reformar o no la Constitución y, en caso afirmativo, cuáles serían los contenidos de dicha reforma.

Hace casi 40 años tuve el honor de participar como orador del PCE en la campaña del referéndum constitucional defendiendo el sí. Aún recuerdo el calor, a pesar del frío reinante, de un mitin en la UVA de Hortaleza explicando qué traía de bueno la Constitución para el movimiento obrero en particular y para los ciudadanos en general. Hoy, suscribiría lo que dije entonces. La Constitución del 78 estableció la democracia en España, una democracia homologable a la de cualquier otro país en Europa. La Constitución del 78 inauguró el período más largo de democracia de nuestra historia que, además, ha sido  un período de progreso y prosperidad indudable, se mida con los parámetros que se quiera. No es que la prosperidad sea la consecuencia de la democracia. Como dije en Hortaleza hace 40 años, la Constitución no traerá el aumento de nuestros salarios ni la mejora de nuestras condiciones de vida y de trabajo pero nos dotará a los trabajadores de herramientas para lograrlo, entre ellas, la libertad sindical, el derecho de huelga etc. Quienes hemos hecho sindicalismo bajo la dictadura y luego en la democracia apreciamos bastante bien la diferencia.

La Constitución instauró en España un Estado democrático y de derecho, perfectamente homologable  a los países de nuestro entorno, con la novedad de crear el Estado autonómico, en muchos aspectos semejante a los estados federales más avanzados. Rechazo, por tanto la idea de que la Constitución sea “un candado”. Antes al contrario, con esta Constitución ha gobernado la izquierda y la derecha y ha permitido el libre juego político de toda clase de partidos, incluso los que se proponían la destrucción de la democracia o la ruptura del Estado. Tenemos una Constitución sana, moderna y avanzada, lo cual no implica que no haya que plantearse hacer algunas reformas, pero no borrón y cuenta nueva. Lo posible es abrir un proceso de reforma, previsto en la propia Constitución, pero no un proceso constituyente ya que este se correspondería con una revolución, cosa que no parece cercana. En todo caso, los que hablan de proceso constituyente deberían percatarse que la Constitución no pone límites a su propia reforma, lo cual implica que podrían enmendarse todos los artículos  de la Constitución vigente y llegar al mismo resultado que con un proceso constituyente.

Hay quien piensa que la reforma de la Constitución es la respuesta a la crisis catalana porque una nueva Constitución permitiría atraer a una parte del independentismo al campo constitucionalista. Creo que esa esperanza alienta en la posición del PSC y del PSOE, principal animador de la reforma y a cuya instancia se ha creado la comisión parlamentaria.   No soy tan optimista. En caso de abrirse la reforma, el independentismo aspiraría a incluir la posibilidad de secesión en la fórmula que fuere,  por ejemplo, incluyendo el derecho de autodeterminación, sin lo cual no apoyarían ninguna reforma. Y me parece obvio que la inmensa mayoría del Congreso se opondría a la autodeterminación, con lo cual tendríamos al independentismo desentendiéndose de la reforma. Claro que siempre cabe un cambio de opinión en el independentismo pero lo que quiero decir es que la reforma constitucional no debe estar dirigida al campo independentista catalán.

Hay dos mecanismos de reforma previstos en la propia Constitución según la materia que se quiera reformar. El primero necesita los 3/5 de ambas Cámaras y obliga a convocar un referéndum cuando lo pida el menos un 10%. Podemos ya ha anunciado que lo pedirá si se toca una sola coma de la Constitución vigente, lo cual no deja de ser paradójico en alguien que propone cambiar la Constitución. El segundo exige 2/3 de ambas Cámaras, disolución y nuevas elecciones y, finalmente, referéndum. Es evidente que nadie con dos dedos de frente se embarcaría  en un proceso así, que ocuparía dos legislaturas, salvo que hubiese unanimidad de todos los partidos, cosa que hoy no parece posible. Lo cual implica que el núcleo duro de la Constitución (el título preliminar, los derechos fundamentales y la Corona) no se reformarán. Ni falta que hace, añado. El reconocimiento del carácter de nación de algunas CC AA es algo que ya está en la vigente Constitución cuando habla de “regiones y nacionalidades”, término éste último que, razonablemente, quiere decir nación sin estado. Los independentistas no se conforman con ese término sino que, justamente, aspiran al estado propio. Por tanto hacer hincapié en el carácter plurinacional de España no aporta nada, salvo, que, a renglón seguido, se pretenda el derecho de autodeterminación. Y este es un límite infranqueable para la gran mayoría del Parlamento.

El grueso de lo que podría ser el contenido de una reforma constitucional está en lo que se llama “modelo territorial”. Y aquí sí que hay razones objetivas para una reforma porque el Título VIII tiene un inconfundible aire de algo inacabado. La prueba es que ni siquiera se recoge el nombre de las CC AA existentes, sencillamente porque cuando se aprobó la Constitución ni siquiera  sabíamos cuántas habría. En síntesis habría que culminar el Estado autonómico a la luz de la experiencia vivida de estos años, concretando definitivamente el reparto de competencias, los principios de la financiación autonómica y, sobre todo, lo que algunos llaman la cooperación federal que es la gran asignatura pendiente del Estado autonómico, es decir, la relación de las CC AA entre sí y con el Estado, incluido el diseño de un Senado federal.

Además del llamado “modelo territorial” hay algunas cosas que tocar, por ejemplo la circunscripción electoral provincial, la incardinación en Europa, etc. Pero todo ello nos lleva de nuevo al método. Creo que una reforma así solo se puede hacer por el método ordinario, que implica reunir a 3/5 de ambas Cámaras y que no haya un 10% que fuerce el referéndum. La experiencia demuestra que en un referéndum la gente vota por motivos muy distintos de la pregunta que se somete a votación y se corre el riesgo de que se aproveche para canalizar todos los descontentos y  agravios contra el gobierno en plaza. Es verdad que estas consideraciones limitan las posibilidades de reforma. Por ello creo que, como recomiendan los profesores que han hecho el documento de “Ideas para la reforma”, entendamos que no hay una reforma que se apruebe en un paquete, sino una serie de reformas individuales, cada una de las cuales pueda reunir los apoyos que se necesitan para llevarlas a cabo sin incidentes. Es decir, más que hablar de una reforma habría que hablar de un tiempo de reformas. Y en ese tiempo todavía no hemos entrado. Podemos entrar en la próxima legislatura si hay 3/5 a favor de la reforma y no hay un 10% de bloqueo. Ahora la tarea es explorar los contenidos de una posible reforma y preparar el terreno para la próxima legislatura.

 

 

 

 

Desde las primeras elecciones autonómicas el nacionalismo catalán ha gozado de un poder político muy amplio: ha sido el gobierno de la Generalitat durante 23 años seguidos y ha gozado de una notable influencia en España. Sin formar parte del gobierno español, CiU ha determinado muchas de sus decisiones. Gobernar en Cataluña y decidir en España durante más de dos décadas es un record difícil de mejorar. Cabe destacar que en esos años el crecimiento de Cataluña ha sido espectacular (cerca del 70% de aumento del PIB pc en PPA) lo cual explica, en parte, los reiterados éxitos electorales de los convergentes.

El nacionalismo catalán aprovechó esta extraordinaria posición de poder para conseguir más cuotas de autogobierno y para “hacer país”, vale decir, para extender en la sociedad catalana la ideología nacionalista y crear un entramado clientelar amplio y bien organizado hasta alcanzar una hegemonía cultural incontestada. Nadie (al menos nadie con cierta solvencia) se opuso o advirtió de los peligros ese proceso de “nacionalización” de la sociedad catalana. Como se ha demostrado muchas veces, cuando se repite machaconamente una propaganda sin que nadie la combata, el relato que se expone se convierte en una verdad incuestionable para mucha gente. Es lo que ha sucedido con el famoso slogan “España nos roba” que hasta hace poco tiempo campó a sus anchas sin que nadie desmontara el fundamento de esa mentira: el supuesto maltrato que ha venido recibiendo Cataluña.

Es imposible que con una posición de poder tan fuerte de los nacionalistas éstos permitieran un agravio de tal calibre hacia Cataluña. Es conocida la influencia del gobierno catalán a la hora de establecer el sistema de financiación autonómica. ¿Qué han reivindicado siempre los nacionalistas catalanes en esta materia? El fuero y no el huevo, es decir, la autonomía fiscal (mayor capacidad de decisión sobre los impuestos) y no la suficiencia del sistema (la falta de recursos para financiar servicios como la educación, la sanidad o los servicios sociales). Hay que hacer notar que hasta el gobierno Zapatero no se abordó lo que era una evidencia palmaria: la insuficiente financiación de la sanidad en todas las CC AA.

 

Los socialistas catalanes, a pesar de ganar reiteradamente las generales en Cataluña y las municipales en numerosos e importantes ayuntamientos catalanes,  no pudieron ganar las elecciones autonómicas hasta 2003. El PSC trató de competir con los nacionalistas en su propio terreno, tratando de aparecer como más catalanista (sería más ajustado decir más nacionalista)  que CiU. Maragall lo expresó diciendo que el PSC tenía más ambición para Cataluña que CiU. La culminación de esa política fue el segundo Estatuto que corregiría (en el sentido de más nacionalismo) al primero. Como dijo Maragall, “la presencia del Estado en Cataluña sería residual” una vez aprobado el segundo Estatuto.

Para unos dirigentes, esta deriva del PSC hacia posiciones nacionalistas (para llamar a las cosas por su nombre), respondía a una táctica, conveniente para competir con los nacionalistas en las autonómicas, pero se correspondía con la aceptación de la hegemonía cultural del nacionalismo. Otros asumieron, lisa y llanamente, los postulados nacionalistas, incluida la independencia. La deriva del PSC pone de relieve bastante bien el éxito de la colonización del nacionalismo de la sociedad catalana que penetraba hasta en partidos políticos competidores. Si dejamos aparte al PP catalán (muy poco influyente en la sociedad catalana) hasta que apareció Ciudadanos ningún partido manifestó una crítica seria y fundamentada a la “nacionalización” de la sociedad catalana llevada a cabo los nacionalistas. La “nacionalización” ha sido letal para el PSC porque cuando llegó la crisis y el nacionalismo evolucionó hacia el independentismo, el PSC se rompió y perdió una parte importante de sus cuadros y de su electorado. Dicho sea de paso, la cuestión del independentismo también ha roto a Podemos. Durante el “procés” el PSC ha hecho un viraje notable: desde el apoyo al derecho a decidir (al inicio del procés) hasta el apoyo al 155 el PSC ha recorrido un largo camino en muy poco tiempo que le ha costado otra sangría de votos y cuadros y, sobre todo, le ha restado credibilidad, en beneficio de los más consecuentes: Ciudadanos por una parte y los indepes por otra.

La crisis del 2008 ha impactado en el sistema de partidos en Cataluña, en España y en toda Europa como respuesta al cambio social producido por la crisis consistente, en esencia, en el debilitamiento de las capas medias, el aumento de la brecha entre los más acomodados y los menos y un notorio malestar social. Nuevos partidos han irrumpido en el escenario político. Viejos partidos se han hundido o han entrado en declive. Otros partidos han mudado radicalmente su estrategia. Tal es el caso de CiU, ahora PdCAT, que ha abrazado el independentismo y, más en concreto la secesión (también llamada vía unilateral). El denominador común de todos estos cambios es el ascenso de un nuevo nacionalismo que reclama soberanía frente a otros. La deriva del nacionalismo catalán empieza con el “España nos roba”, basada en las balanzas fiscales, es decir, en la diferencia que existe entre los impuestos recaudados en Cataluña y el gasto realizado allí por las distintas administraciones. Cristina Cifuentes ha expresado una idea parecida: con los impuestos que se recaudan en Madrid se paga la educación de Extremadura o la Sanidad de Andalucía. Para ver el fondo de la cuestión partamos de la base de que la recaudación impositiva está relacionada con el nivel económico de los ciudadanos que pueblan el territorio de que hablamos mientras que los servicios recibidos son sustancialmente los mismos. El déficit fiscal de Cataluña o de Madrid se debe a que ahí se concentra una mayor cantidad (relativa) de gente acomodada o simplemente rica. Parafraseando a Cifuentes podemos decir que con (parte de los) impuestos de los ricos de Madrid se paga (en parte) la educación en Extremadura. ¿Y qué hay de malo en eso? ¿Sería distinto si pagara (en parte) la educación de Vallecas?

El déficit fiscal no es un expolio sino una expresión territorial de una política redistributiva que trae causa en la progresividad del sistema fiscal. El nacionalismo defiende la causa contraria. Trump acaba de hacer una reforma fiscal que consiste en rebajar la factura fiscal de los ricos y recortar los servicios que usan los menos pudientes, en particular los seguros médicos. La crisis ha traído un enorme incremento de las desigualdades sociales: el estrato de mayores ingresos los ha aumentado mientras que los estratos de menores ingresos los ven disminuir. La propuesta económica de la secesión va en esa misma dirección y por ello choca de frente con el núcleo de las ideas de la izquierda, que es la redistribución de la riqueza. Es por ello que la izquierda debe enfrentarse ideológicamente al nacionalismo. Y cuando hablo de enfrentamiento hablo, sobre todo de romper la hegemonía cultural del nacionalismo, una tarea que debe abordarse desde planteamientos de izquierda.

El nacimiento del nacionalismo vasco y catalán coincidió con el ascenso del movimiento obrero.  El naciente nacionalismo fue, desde su inicio, hostil con el movimiento obrero y con la izquierda en las primeras décadas del siglo XX. Pero la guerra civil lo cambió todo: la izquierda y el nacionalismo se hicieron aliados contra el fascismo, alianza que siguió durante el franquismo y la transición bajo la consigna de “libertad, amnistía y estatuto de autonomía”. En la transición nacieron varias “izquierdas nacionalistas”, todas ellas fracasadas sin excepción, demostrando que izquierda y nacionalismo no son compatibles. A La izquierda ahora le toca enfrentarse al nacionalismo, al nuevo nacionalismo que surge de la crisis como una amenaza para la integración europea y para la justicia social.

 

 

Ocupados con el lío de Cataluña, corremos el riesgo de perder de vista lo que se cuece en Europa. 2018 va ser, con bastante probabilidad, un año decisivo para la construcción europea y, por eso mismo, para el futuro de España.

Tras las victorias de Trump en EE UU y tras el Brexit, la existencia misma dela UE ha estado amenazada por lo que se anunciaba como una avalancha de nacional – populismo, distinto en cada país, pero con un rasgo común: ser euroescépticos. Afortunadamente, en ningún país de la eurozona han ganado las elecciones si bien han mostrado una fuerza inquietante. No me cansaré de repetir que hoy, el nacionalismo es el principal enemigo de Europa, pero el nacionalismo no ha ganado en ninguna parte de la eurozona aunque su influencia crezca en algunos países.

Las perspectivas económicas para la UE en 2018 son buenas, aunque no exentas de riesgos. Para la mayor parte de los países de la UE la crisis comienza a ser cosa del pasado, aunque no todos podamos dar por superada la crisis. La bonanza económica es un buen momento para hacer las reformas que elimine los defectos de las instituciones del euro. Existe un consenso amplio en que la crisis de 2008 ha mostrado importantes fallos y carencias institucionales de modo que se debe completar la arquitectura institucional del euro, empezando por completar la unión bancaria si queremos evitar que la próxima crisis, cuando quiera que se produzca, haga saltar por los aires al euro y, probablemente a la propia UE. Y mediados de 2018 es la fecha señalada para abordar esta tarea.

El primer año de la presidencia de Trump se cierra sin que haya desatado la tan temida guerra comercial. En el Reino Unido la cuestión a debate es qué tipo de Brexit se va a producir. El primer round de las negociaciones entre el RU y la UE  ha mostrado la debilidad de la posición británica que, en la práctica, ha terminado aceptando las condiciones de la UE. En el RU no son pocos los que opinan que hay que volver a hacer un referéndum para que el RU siga en la UE porque están llegando a la conclusión de que el mejor Brexit es que no haya Brexit. Paradojas de la vida.

En resumen, en una coyuntura económica favorable, con los nacionalismos fuera de cualquier gobierno de la eurozona, sin guerra comercial (por el momento) y con los partidarios del Brexit divididos y en plena retirada, la ocasión para reformar la UE es ahora.

Claro que para ello hace falta que haya gobierno en Berlín. Lo que mejor vendría desde el punto de vista de la construcción europea sería la gran coalición. Dado que el SPD es un partido claramente europeísta y partidario de “más Europa” ese sería el punto principal de un eventual acuerdo con Merkel. En contra de la gran coalición pesa la negativa experiencia electoral de la anterior, pero el electorado alemán creo que entendería mejor esta edición de la gran coalición si se alcanza un programa de gobierno uno de cuyos puntos principales sea, precisamente, poner a Alemania, junto con Francia, a liderar el proceso europeo, algo a lo que Makrón parece más que dispuesto.

Es una pena que nada de esto forme parte del debate público en España, puesto que nos jugamos las habichuelas en esta operación. También es una pena que el peso de España en la UE hay disminuido desde la llegada de Rajoy a La Moncloa. Seguramente, ahora seguiremos perdiendo influencia a consecuencia de la crisis catalana. Me parece que si hay un asunto de Estado, en la que convendría que hubiese una posición común de los principales partidos,  la posición que España debe defender en las negociaciones para reformar la institución del euro es una de ella.

 

 

 

El resumen de las elecciones catalanas del 21 de Diciembre es que los “indepes” conservan la mayoría del Parlament (70 diputados de 135) y, por ende, están en disposición de reeditar un gobierno independentista pero que la votación a los tres partidos expresamente independentistas (algo más del 47%) no les legitima para reclamar la independencia (ni unilateral ni de ninguna otra manera). Si los “indepes” fueran demócratas admitirían que no han cosechado apoyos suficientes (según la doctrina de Quebec hace falta una mayoría cualificada y reiterada de votos de los partidos que expresamente se pronuncian por la independencia) ni por el nivel de la votación (que ni siquiera es mayoría simple) ni por la reiteración (el independentismo nunca ha alcanzado la mayoría simple en ninguna elección).

Ambos datos implican que España es un país que sigue con un conflicto abierto en la más importante de sus regiones. Por tanto, su papel internacional quedará drásticamente disminuido cuando estamos en un momento de redefinición de la UE. En Barcelona habrá un gobierno hostil no solo al gobierno español sino a España en conjunto. Un gobierno que hará todo lo posible por desacreditar a España.

Si el 1 de Octubre fue el disparo de salida de miles de empresas que no quisieron arriesgarse a la incertidumbre,  ahora, con la certeza de un conflicto de gran envergadura, el impacto sobre sobre la economía catalana (y por tanto, sobre la española) será aún mayor. La incertidumbre es máxima y solo hay una certeza: no habrá república catalana pero tampoco habrá estabilidad política. Lo más probable es que se forme un gobierno independentista pero que se vea constreñido a aceptar la legalidad constitucional, es decir, a renunciar en la práctica a la independencia. Para lograr la independencia unilateral (o sea, la secesión, por llamar a las cosas por su nombre) no basta con declararla: hay que llevar adelante una verdadera insurrección, todo lo pacífica que se quiera, pero insurrección al fin y al cabo. Algo que solo propone la CUP que, justamente, ha sido del otro gran derrotado el 21D. Es importante destacar que tras la aplicación de 155 no hubo ningún conato de desobediencia, revuelta, o revolución. Por tanto, renunciar a la independencia debería ser muy fácil, porque se renuncia a algo que ni se tiene ni es posible. Sin embargo los partidos del arco independentista compiten en un mercado cerrado de dos millones de votantes y ninguno está dispuesto a admitir que la independencia no es viable so pena de perder votos. La conclusión es que lo único que pueden hacer es desarrollar el conflicto con Madrid. Obviamente, Madrid, sea quien sea que esté en el Gobierno, no va a negociar la independencia catalana. Por tanto vamos a tener conflicto. De hecho, una parte esencial de la política española en los próximos años será la gestión del conflicto catalán.

Una reflexión sobre el 155. En contra de lo que muchos piensan, creo que el 155 es un instrumento eficaz y práctico, al que el gobierno de España no debería renunciar en ningún caso y debería usar sin vacilar cuando el gobierno catalán (u otro cualquiera) incumpla la ley.  Los tres partidos que han apoyado la aplicación del 155 han mejorado en conjunto. Creo que la debacle del PP tiene más que ver con la incompetencia en la gestión de la crisis catalana, en particular con el desastre del 1 de Octubre, que con la aplicación del 155, una decisión acertada aunque tardía. Rajoy ha estado durante todo el próces jugando a lo que mejor se le da: no hacer nada. Por lo visto el 1 de Octubre, Rajoy partía de un diagnóstico equivocado de la situación y eso ha hecho que su gestión de la crisis haya sido mala de solemnidad.

El desastre de la izquierda es tan aparatoso que casi nadie  se toma la molestia de hablar de ello, como si la izquierda fuera irrelevante y cosa del pasado Para empezar, tanto el bloque independentista como el resto (que no forman ningún bloque, por cierto) están liderados por partidos de derechas. El PSC que aspiraba a remontar no lo ha logrado, a pesar de la buena campaña de Iceta. Los comunes retroceden y se quedan muy, muy lejos de su mejor marca. Hace unos años Cataluña contribuía decisivamente a configurar mayorías de izquierda y de progreso en España. Eso se acabó. El PSC ha estado demasiado tiempo bajo la influencia nacionalista. Una influencia que sigue aflorando en forma de dimisiones por esta o aquella decisión. El nacionalismo ha desangrado al PSC y lo sigue haciendo. Lo mejor que se puede decir es que el resultado electoral parece haber puesto fin a la sangría del PSC, pero yo no estaría tan seguro. Los dirigentes del PSC no se han dado cuenta de algo que me parece esencial en la política catalana: el nacionalismo es la principal amenaza para la democracia y la izquierda debe combatir el nacionalismo sobre todo el plano cultural. En términos de Gramsci, el nacionalismo ha logrado la hegemonía cultural y la ha ganado por incomparecencia de ningún adversario.  El único que parece haberse percatado de esto en el PSC es Borrell cuya influencia en ese partido es muy escasa.

En cuanto a los comunes, a lo largo del procés siempre han jugado de apoyo a la secesión aun rechazando lo que ellos llaman el unilateralismo. Como ya he dicho otras veces, el gran error de Podemos es abrazar el soberanismo de las regiones. También en Podemos se demuestra que el nacionalismo destroza la izquierda. Si el nacionalismo ha desangrado al PSC, a Podém lo ha hecho volar por los aires. Hay que valorar positivamente que los comunes no formen parte del bloque secesionista, aunque lo apoyen en casi todo. Su apabullante derrota puede que les haga reflexionar. A la postre si son una variante de  partido nacionalista (una especie de nacionalismo de izquierdas) tienen muy poco futuro porque ese campo está ampliamente ocupado.

Para concluir, importa valorar y mucho el resultado de C´s. Haber sido primer partido en votos y escaños es un gran varapalo al independentismo que, desde luego, no puede hablar en nombre de toda Cataluña. C´s representa una derecha moderna y democrática, semejante a los partidos de centro derecha europeos. Que una derecha así desplace al PP es una muy buena noticia para la izquierda, ya que será más fácil entenderse con ellos, como se demostró en el acuerdo para la investidura de Sánchez. Creo que el principal acierto de C´s en Cataluña ha sido la denuncia del nacionalismo que han venido haciendo desde hace tiempo. Cuando se pone de manifiesto los desastres de éste  C´s aparece como el eje de una alternativa al nacionalismo.

 

(Seguirá)

 

 

 

La crisis catalana ha venido monopolizando el debate político. No es que la crisis catalana ya haya pasado o se vaya a resolver el 21 D. Estamos ante un conflicto de largo alcance que nos ocupará durante  bastantes años y será un punto esencial en la agenda de todos los partidos. Pero hay otros asuntos de trascendental importancia para el futuro de España, además de Cataluña.

En estos días cercanos al fin de año abundan los análisis y balances sobre cuestiones económicas y sociales que permiten volver al debate sobre la crisis económica y sus consecuencias. De los balances mencionados hay tres aspectos  que destacan:

  • ¿Nos hemos recuperado de la crisis? El PIB ya ha superado su valor anterior a la crisis. Otro tanto ocurre con el PIB per cápita, el indicador más usado para describir la riqueza de un país. En 2017 ambos indicadores estarán netamente por encima de los valores anteriores a la crisis. Sin embargo, el empleo está muy por debajo del valor anterior a la crisis y no tiene trazas de que  vaya a remontar pronto. La economía española ya produce lo mismo (en valor) que antes de la crisis pero lo hace con unos dos millones de trabajadores menos. Y como el principal objetivo de toda política económica es que se cree empleo para todos, es muy claro que la famosa recuperación no se ha producido aún.
  • Tampoco se han recuperado los salarios. El fenómeno de la devaluación salarial se produce a partir de la reforma laboral del 2012 y es tanto más intensa cuanto menor sea el salario. En particular, la bajada salarial es notable entre los jóvenes que acceden al primer empleo. La devaluación salarial ha sido una pieza clave en la política económica del PP puesto que se ha buscado aumentar la competitividad de las exportaciones españolas por eso vía. Hay salarios que no solo se han recuperado sino que han aumentado considerablemente respecto de 2007. Pero la tendencia es que los jóvenes que entran al mercado laboral lo hagan en peores condiciones que en 2007, cobrando menos, trabajando más tiempo y en condiciones de gran precariedad laboral. Fundamentar la recuperación económica en una base de devaluación de los salarios es algo que la izquierda debería cambiar drásticamente.
  • Un porcentaje nada desdeñable de la población que en 2007 se reconocía como clase media ahora ya no se considera así. Un notable fenómeno social ha sido que a lo largo de los 30 años de democracia la clase media ha ido aumentando de tamaño, lo cual explica la adhesión de la gente al sistema democrático. Pero la crisis ha invertido la tendencia, registrándose un retroceso importante. El crecimiento económico, visible desde 2014, no ha traído tampoco una recuperación de la clase media a niveles de lo que había en 2007.

 

Conviene señalar que los tres años de recuperación de los niveles de crecimiento del PIB tienen mucho que ver con lo que algunos economistas llaman “vientos de cola”, es decir factores exógenos a la economía española que inciden positivamente en el crecimiento. Entre ellos cabe destacar un petróleo relativamente barato, la política seguida por el BCE, el cambio euro/dólar o el notable incremento del turismo. Alguno de esos vientos ha disminuido de intensidad, como ocurre con el petróleo y por eso la previsión de crecimiento se reduce. En definitiva,  no veo la recuperación como la consecuencia de políticas económicas del gobierno, que parece limitarse a intentar capitalizar las buenas cifras macroeconómicas.  En todo caso, la recuperación está incrementado las desigualdades en la sociedad española porque un segmento nada desdeñable de la sociedad sigue estando en niveles de ingreso muy por debajo de 2007. Y esto sí que es un fracaso neto de la política económica del gobierno.

 

Otra gran cuestión que surge de esta etapa de crisis es si el aparato productivo está cambiando o no. Desde un punto de vista de los sectores productivos todo indica que el principal cambio consiste en que la construcción ha perdido peso y el turismo lo ha ganado. Pero la gran cuestión es si en los tiempos que corren, caracterizado por un cambio tecnológico acelerado, la economía española se está adaptando a ese cambio. La crisis ha supuesto el cierre de miles de empresas. Con la recuperación del crecimiento se crean otras  nuevas. Ciertamente es un gran cambio, pero no estoy seguro que ese cambio incorpore el cambio tecnológico en curso, al menos con la intensidad que se está haciendo en otros lugares. El gran reto de nuestro país es la renovación del aparato productivo sin lo cual el crecimiento puede resultar efímero. No me parece que el gobierno esté preocupado por esta cuestión ni, por tanto, que haya tomado medidas para favorecer esta renovación. Pero esa debería ser una de las claves de una política económica digna de tal nombre.

 

Otra gran cuestión en relación con la crisis son las medidas que se debaten en el seno de la UE (en particular entre Francia y Alemania) tendentes a prevenir y responder ante la próxima crisis. Muchas voces autorizadas anuncian que una nueva crisis financiera está en el horizonte. La que hemos pasado ha dejado claro la insuficiencia de los mecanismos de respuesta y lo erróneo de las políticas aplicadas. Los próximos meses serán transcendentales para configurar la respuesta ante la próxima crisis. Europa necesita aprovechar la cierta bonanza que tenemos (y dicho sea de paso, el Brexit) para completar los mecanismos de prevención y defensa frente a futuras crisis. Pero empantanados en la crisis catalana no creo que estemos en condiciones para influir mucho en lo que se decida en Europa.

La prevención de futuras crisis exige también echar un vistazo a la situación interna. La principal debilidad de la economía española es el gran nivel de endeudamiento de sector público. En estos diez últimos años, familias y empresas han reducido su endeudamiento  notablemente. Pero el sector público ha triplicado su deuda hasta rondar el 100% del PIB. Y esto no es nada bueno si aparece otra crisis.

En resumen, tanto en el tratamiento de la crisis como en el de la recuperación, la política del PP ha sido un desastre. Me produce asombro que en la opinión pública se haya instalado la idea de que la derecha es mejor que la izquierda a la hora de gestionar la economía, cuando el resultado de la gestión de la derecha es tan malo como el que he tratado de  describir más arriba.

 

 

 

Es difícil encontrar un proyecto político que haya fracasado tan rotunda, tan rápida y tan desastrosamente como el procés. Los líderes independentistas catalanes, empezando por Mas, diseñaron una detallada hoja de ruta que desembocaría, unos cuantos meses después de las elecciones de 2015, en la independencia de Cataluña. Es evidente que Cataluña no es hoy una república independiente, sino una CC AA intervenida por el Gobierno. El procés, pues, ha marrado su principal y único objetivo.

Pero ¿realmente los promotores del procés creían que la independencia era posible? Por lo que ahora se sabe,  buena parte de ellos tenían claro que la independencia era imposible, pero no era eso lo que decían a sus seguidores,  a los que prometieron que la república llegaría en plazo y por un camino de rosas, lleno de sonrisas y felicidad. Ha sido, obvio es decirlo, un engaño, uno de los engaños más monumentales que recuerdo. Pero lo importante es que los “procesistas” han creado una masa de creyentes en la independencia que, por un lado, es su principal apoyo electoral pero, por otro, son un obstáculo insalvable a la hora de buscar otra salida distinta de la independencia ya que quien lo intentara se perdería un apoyo que no tiene sustituto.

El balance del procés no solo registra un fracaso total en su objetivo sino que, además,  ha creado un notable problema económico en Cataluña (y en España, por ende) con la salida de miles de empresas de Cataluña, la caída del turismo y, en general, con la baja de la actividad económica. De propina, el Govern, que, se supone, iba a ser el primer Gobierno de la nueva República,  está en la cárcel o huido. Es notable que,  inmediatamente después de proclamar la república, los consellers (ya transformados en ministros de la República) se fueran a casa, aceptando sin rechistar la aplicación del 155. Creo que si alguien presentara un resultado de un proyecto político tan apabullantemente negativo debería retirarse de la política. Pero no es así: los líderes del procés se afanan en buscar explicaciones del fracaso, algunas verdaderamente sorprendentes.

Así, unos echan la culpa del fracaso a los líderes europeos que han dado su apoyo cerrado al Gobierno español y se han negado a reconocer a la non nata república. Hombre, no hay que ser muy listo para darse cuenta de que la secesión catalana era una patada en el escroto a la UE y que, por eso, los líderes europeos harían todo cuanto estuviese en su mano para evitarla, por lo que ningún apoyo debían esperar de ese lado. Los escasos apoyos cosechados por el independentismo en el plano internacional han venido de los partidarios de deshacer la UE, especialmente de la extrema derecha nacionalista, que, acertadamente, veían en la secesión catalana un duro golpe a la UE. Todo esto estaba bastante claro antes de proclamar la independencia. ¿Por qué siguieren adelante entonces con la famosa DUI? Para no perder el apoyo de los fieles creyentes a los que les prometieron que habría independencia si o si.

Otros afirman que ha sido el “Estado” quien ha impedido, con su dureza, la independencia. No será porque no estaban avisados: Rajoy ha hecho pocas cosas, pero avisar sí que lo ha hecho. La única sorpresa del 155 ha sido la convocatoria de elecciones autonómicas inmediatamente: todo lo demás estaba anunciado. En todo caso, no alcanzo a comprender qué esperaban. ¿Esperaban que el Gobierno colaborase en la secesión? ¿Qué negociara sus términos y sus plazos? Bastaba con haber escuchado a Rajoy para saber que eso no iba a suceder. Según dicen, optaron por la vía de la declaración unilateral de independencia porque Rajoy no les dejó “otra salida”, es decir, porque no había secesión negociada. Pero ¿en qué cabeza cabe que un Estado se ponga a negociar la secesión de una parte de su territorio? Antes, al revés, se opondrá a ella con todas sus fuerzas. Abortar la secesión ha sido sencillísimo y no ha sido necesario ninguna fuerza: ha bastado con aplicar el 155. Para muchos ha sido una sorpresa que el segundo escalón de la administración autonómica, formado por cuadros de los partidos del procés, haya seguido en sus puestos colaborando con el nefando Gobierno de Madrid, sin tener la decencia de dimitir. La experiencia que se saca de este dato es que el 155 hay que verlo como un instrumento muy útil para restablecer la legalidad constitucional, o sea, la legalidad. Por ello, la izquierda debería dejar de tener reticencias respecto a este artículo de la Constitución.

Otros ahora se desayunan ahora con que el independentismo no tenía fuerza suficiente. Bueno, bastaba con observar los resultados electorales para percatarse que en ninguna de ellas el voto a las tres formaciones que apoyaban el procés alcanzó el 50 % del voto emitido y se situaba en un tercio del censo. Plantearse  la independencia con tal apoyo es una locura; pero como ya he dicho, los del procés nunca han creído de verdad en la independencia.

El independentismo catalán ha construido un relato que no es nada original. Hace cuarenta años la izquierda abertzale justificó la lucha armada porque nada había cambiado en España, que, según ellos, seguía siendo franquista. Si a un terrorista los jueces le condenaban por asesinato puro y duro, para ellos era un preso político vasco. La libertad de tales presos políticos fue una bandera del independentismo vasco durante décadas. Y también los abertzales planteaban el diálogo y la negociación en torno a la famosa “alternativa KAS”, una negociación exigida en las calles y que consistía en establecer los términos y los plazos en que se los “Estados” (en este caso, en plural, puesto que se trataba de los estados francés y español) iban a reconocer la independencia de Euskadi. Hoy, el independentismo catalán copia el relato de una España franquista (¡cuarenta años después de la Constitución!) que encarcela por ideas y que reprime al pueblo. Lo insólito es que Podemos sea uno de los más entusiastas difusores de este relato. En todo el procés Podemos ha sido un apoyo constante del secesionismo, todo y diciendo que ellos no son independentistas, pero avalando el relato contra el “Estado” y participando en primera fila de cuantas movilizaciones han convocado. Es un error notable, pero es un error que trae causa en el soberanismo de regiones y nacionalidades que es el núcleo duro de la propuesta política de Podemos, que abraza una suerte de nacionalismo periférico. De una forma muy gráfica, en el Ayuntamiento de Barcelona rompen el acuerdo de izquierdas para preparar un acuerdo de soberanistas tras las elecciones.

En este marco las elecciones del 21 de Diciembre cobran gran importancia. Los independentistas plantean estas elecciones (a las que tras la proclamación de la república, por coherencia, no deberían acudir) como un refrendo de la mayoría independentista existente en el disuelto Parlament para continuar el procés. Pero me parece que empezar otro procés, o sea volver al día de la marmota, es imposible y creo que no todos van a estar de acuerdo. En todo caso, en estas elecciones la cuestión no es independencia sí o no. Son elecciones autonómicas y nada más y lo que se va decidir es si Cataluña sigue en la inestabilidad o no. A fin de cuentas, el independentismo no tiene fuerza suficiente para conseguir la independencia, pero sí que la tiene para crear un buen lío. Quiere esto decir, que, como ya he dicho en otras ocasiones, la crisis catalana no se resolverá con la aplicación del 155, ni con las elecciones: es una crisis de largo  recorrido con la que habrá que  lidiar durante muchos, muchos años. Y es sobre esto sobre  lo que los partidos “constitucionalistas” deben hablar y ponerse de acuerdo.

 

 

 

 

Con ocasión de la decisión del Gobierno Británico de volver al patrón oro, Keynes escribió un folleto titulado “Las consecuencias económicas del Sr. Churchill” quién a la sazón era el ministro de la cosa. Keynes describía con toda claridad los costes que para la economía británica iba a tener tamaña decisión. Acertó en sus previsiones y su folleto se hizo un clásico en la literatura económica. Creo que toca que alguno de nuestros economistas nos muestre ahora las consecuencias económicas del Sr. Puigdemont, es decir, el coste que la economía catalana, en particular, y la española, en general, van a pagar por el intento de secesión, de modo que cuando un trabajador pierda su empleo o un pequeño empresario  baje la persiana sepa a quien se lo debe agradecer. Pero, sobre todo, porque el Gobierno debe tomar medidas ya para enfrentar las consecuencias económicas de Puigdemont.

No puedo calcular el daño infringido, pero me parece evidente que el procés ya tiene un coste económico importante. Al parecer, alguno de los cerebros  de la secesión cree que para obligar al “Estado” a aceptar la independencia hay que paralizar Cataluña y crear así un caos económico en España que fuerce al Gobierno a negociar la independencia. En síntesis, se trataría de arruinar Cataluña para conseguir la independencia. Es como si un sindicalista propusiera quemar la fábrica como arma de presión para negociar un convenio. En todo caso, el procés marca una peligrosa decadencia económica y política de Cataluña. El peor daño que ha hecho el procés a Cataluña es la desafección que se aprecia solo con pegar la oreja en el bar una desafección que traerá consecuencias. Es muy urgente que en Cataluña haya pronto otro gobierno si se quiere parar el destrozo.

Los acontecimientos del 27 de Octubre hay que interpretarlos en clave del final del procés. Cuando los empresarios votaron con los pies y los líderes europeos rechazaron de plano la secesión era evidente que la independencia no era posible.

De un modo general, para que hubiese habido independencia, habrían de cumplirse tres condiciones: una, el apoyo expreso de una gran mayoría de gente; dos, hubiese reconocimiento internacional y tres que el Gobierno de España se aviniese a negociar los términos y plazos de la independencia. Es evidente que ninguna de las tres cosas se cumplía. Los independentistas han pensado que podrían lograrlo con triquiñuelas legales regates a la ley y mentiras piadosas, pero eso no ha engañado más que a los creyentes. La prueba más evidente de que los independentistas daban por hecho que no habría independencia es que pidieron voto secreto para, así tratar de eludir la acción de la justicia.

Lo mejor para todos es que los independentistas reconocieran la realidad y dijeran algo así como esta vez no ha sido posible, lo volveremos a intentar. Lo que se ventilaba estos días no era si Cataluña iba a ser o no una república independiente, sino como concluía el procés. Esto (y no otra cosa) ha sido el objeto de las negociaciones y diálogos de estos días. Los que nos han atronado los oídos con la propuesta de diálogo espero que se hayan enterado de que el diálogo y la negociación que pedían ya se estaba produciendo con una intensidad inusitada, incluidos múltiples intermediarios. No ha faltado diálogo: lo que ha faltado es acuerdo. Al parecer, el acuerdo estaba muy próximo y se basaba en que Puigdemont convocara elecciones, lo cual le daba la innegable ventaja de ir a las elecciones con el Govern en sus manos. El problema es que el procés ha creado una masa de independentistas que han hecho de la independencia de Cataluña la causa de su vida. Esa masa es el electorado por el compiten PDeCAt y ERC. Si Puigdemont hubiese convocado, ERC le hubiese acusado de traición (ya lo hizo el inefable Rufián cuando el acuerdo estaba a punto de anunciarse) y, probablemente, las llamadas “entidades soberanistas” se le hubiesen opuesto frontalmente. Por eso Puigdemont ha optado finalmente por que sea “el Estado” (o sea Rajoy) quien convoque las elecciones.

Bien mirado, el Parlamento Catalán ha votado por que el procés acabe en un conflicto. Un conflicto que veremos en qué términos se sustancia y con qué apoyos cuenta. Por descontado que habrá manifestaciones de protesta. Pero eso es algo que no importa demasiado: ya las ha habido antes. La cuestión es si el Estado dispone de medios suficientes para imponer la ley en Cataluña. Más vale que sea así porque de lo contrario lo que tendremos no será la independencia sino el caos y con él, más deterioro económico y político.

Los independentistas tienen ahora un problema. Pueden instalarse en la ficción de que viven en una república catalana, haciendo un gesto aquí y otro allá para alimentar a la parroquia. Pero los ciudadanos corrientes y molientes viven en una Comunidad Autónoma. Antes o después se impondrá el principio de realidad.  Eso sí, todo apunta a que harán de la libertad de los presos (los actuales y los que vengan) la causa que sustituya a la fallida independencia. Y a corto plazo tienen un dilema: concurrir o no a las elecciones convocadas para el 21 de Diciembre. Sobre eso volveremos.

 

 

Parece que muchos hemos tardado en darnos cuenta de qué va la cosa. Si no se ve el “procés” como un plan con sus correspondientes etapas podemos fijarnos solo en esta o en aquella etapa sin entender que cada una forma parte de un plan cuyo fin es la secesión de Cataluña. Los independentistas buscan (y lo consiguen) poner en el centro del debate cada etapa (ayer el “derecho a decidir”, hoy la “brutalidad policial”, etc.) con el objetivo de sumar a su causa apoyos para una etapa concreta, apoyos que no tendrían expresamente para la secesión.

Los líderes de Podemos  acertaron al calcular que la crisis del 2008 creaba una crisis política (no solo económica) que se abría una ventana de oportunidad para un cambio político de gran calado. Es lo que llaman un momento populista y tiene importancia la palabra momento porque quiere decir que o se aprovecha el instante actual o se corre el riesgo de perder la oportunidad.

La deriva de los nacionalistas catalanes hacia el secesionismo tiene otro origen, pero en cierto modo, responde también al momento populista. La gestión de la crisis por el Gobierno CiU ha sido muy mala, peor aún que la gestión del PP, que ya es decir. A eso hay añadir el estallido del escándalo del 3 % que ha mostrado que es CiU el partido más corrupto de España, más incluso que el PP, que ya es decir. Pero así como Rajoy se limita a aguantar el tirón y esperar a que escampe, los líderes de CiU diseñaron otro camino: encauzar el malestar social contra España y plantear la independencia como la solución de todos los males. Sobre la marcha cambiaron el nombre del partido, de modo que la corrupción fuera cosa del pasado, de otro partido. El Gobern de Mas echó la culpa de los recortes a España que y como “España nos roba”, basta con conseguir la independencia  para que Cataluña sea rica y próspera. Muchos se preguntan cómo hemos llegado hasta aquí y la respuesta primera y principal hay que buscarla en los planes diseñados por los nacionalistas catalanes. A lo que hay que añadir la propaganda eficaz y sin contestación que ha creado lo que Gramsci llamaba la hegemonía cultural. Escuchando a Serrat balbucear una opinión contraria a la secesión, completamente a la defensiva, uno se hace a la idea de cómo el independentismo se ha convertido en la ideología dominante (que, como se sabe, es la ideología de la clase dominante). Una ideología radical y simple: para los independentistas o eres uno de ellos o eres un facha. Insisto, aquí hemos llegado siguiendo un plan minuciosamente diseñado e implacablemente ejecutado y ellos, los independentistas, son los responsables de esta crisis. Pero puestos a buscar a otros culpables secundarios, hay que señalar al PP, en particular su tremendo error en relación al estatuto de Cataluña. Claro que el PP ha sido un desastre no solo en relación a Cataluña: también en la gestión de la crisis bancaria y la gestión de la política antiterrorista. Es decir, el PP ha gestionado malísimamente mal casi todos los asuntos importantes. En la izquierda, no se ha visto venir el ascenso del nacionalismo y, además, la crisis de identidad de la izquierda ha impedido disputar la hegemonía al nacionalismo, que, por si fuera poco ha contaminado a la izquierda. En esto de la contaminación nacionalista Podemos es ya un caso extremo. Al reivindicar la soberanía de las regiones se ha convertido en un aliado subordinado a los independentistas. Como ha dicho uno de sus líderes en Cataluña, apoyan la secesión para acabar con el régimen del 78. Pues qué bien.

Los sucesos del 1 de Octubre ha puesto la crisis catalana en el debate internacional. Supongo que nadie se sorprenderá al saber que los primeros apoyos a la secesión vienen de la extrema derecha nacionalista y antieuropea. Y también parece que de la Rusia de Putin. Es decir, todos aquellos que apuestan por liquidar la Unión Europea apoyan la secesión, porque si ésta se produjera sería un duro golpe a la UE.

En cierto modo, la secesión es parecida a una revolución. Y como en toda revolución hay un momento en que pugnan dos poderes: el poder establecido (en este caso, el del Estado) y el poder revolucionario (en este caso la Generalitat). Puede parecer novedoso el caso catalán porque la Generalitat es, también, un poder del Estado. Pero no son pocos los casos de autogolpe en el que es el propio poder del Estado o de una parte de él quien lleva a cabo una alteración del orden legalmente existente y crea otra legalidad en beneficio propio. En este caso, el Gobern y el Parlament decidieron despojar al Estado de muchas sus competencias, lo cual es una forma de autogolpe. Pero lo importante no es eso sino el hecho de que el autogolpe era el pistoletazo de salida de un proceso de secesión, cuyos hitos han sido anunciados por los independentistas para informar a una “vanguardia” muy movilizada de cuál era su papel en cada momento.

Son muchos los que no se han tomado en serio la secesión porque les parece inaudito e insensato tal cosa, además de imposible legalmente. Algunos lo interpretaban como un pulso para negociar, después, un nuevo encaje de Cataluña en España. De  ahí las llamadas a la negociación y al diálogo tan reiteradas.

Importa destacar que los procesos revolucionarios (y este se lo parece bastante) nunca se han basado en las mayorías. Ha bastado una minoría movilizada y decidida para llevar adelante la revolución. Los bolcheviques quedaron en minoría en la Asamblea Constituyente, pero eso no impidió que Lenin dirigiera una revolución exitosa, disolviendo la Asamblea y reclamando  “todo el poder para los soviets”. Los datos que publicita el Gobern señalan que el 1 de Octubre hubo algo más de un tercio de catalanes que expresamente está a favor de la secesión (no sabemos cuántos hay en contra ya que la gran mayoría de catalanes no votó); pero, atención, es una minoría amplia, movilizada y bien organizada, más que suficiente para llevar adelante la secesión. Esa minoría ha sido capaz de impedir el cierre de la mayor parte de los colegios y, por tanto, de que la ley no se cumpla en Cataluña. Con el inestimable apoyo de los mossos, eso sí.

Que lo que se ha visto el 1 de Octubre no es un referéndum de autodeterminación válido está bastante claro. Pero eso no detiene a los independentistas en su proceso de secesión. El caso es que el Estado no ha conseguido imponer el cumplimiento de la ley en Cataluña. Rajoy cosecha un gran fracaso porque al no lograr impedir la votación se une la pérdida de imagen por la actuación de la policía. Puede que Rajoy pensara que, desmantelado el aparato logístico del referéndum, los independentistas lo desconvocarían. Grave error. Si Rajoy creía que el cierre de colegios (y la consiguiente pérdida de imagen) correría a cargo de los mossos, cometió otro grave error. De esos errores es de los que habría que pedirle responsabilidades.

¿Y ahora qué? En el bando independentista seguirán con la hoja de ruta: huelga general (y, en general, movilización a tope) y declaración de independencia. A partir de ahí, aplicación de la Ley de Transitoriedad, sin importar que esté anulada. No nos sorprenderá, digo yo, porque lo vienen diciendo desde hace meses. Desde el lado del gobierno, no sabemos cómo piensan cortar la secesión, una vez que no han logrado impedir el referéndum. Imponer la Ley en Cataluña será ahora más difícil y costoso que antes del 1 de Octubre y mucho peor que hace meses.

Lo único bueno del 1 de Octubre es que imagino que todo el mundo se habrá percatado que la secesión va en serio y que no es un amago para lograr otras cosas (más autogobierno, por ejemplo). El conflicto catalán ha saltado al plano internacional  y ahora el Gobierno debe gestionar la más grave crisis de Estado desde el 23F y a la vista y con la cooperación de nuestros socios de la UE. Hoy sería el momento de crear un gobierno de concentración democrática, a ser posible con alguien más capaz que Rajoy al frente de él. En todo caso es imprescindible el acuerdo de los  principales partidos en una especie de concentración democrática porque la situación es más grave que en la transición.

El 1 de Octubre marca el inicio de nuevos problemas económicos. La independencia ha pasado de no ser ni siquiera contemplada por los mercados a ser un riesgo a tener en cuenta. Desde el 1 de Octubre el riesgo de secesión cotiza ya en bolsa y afecta a la cotización de Caixabank y Sabadell.  La causa de la bajada es que, en caso de independencia, ambos bancos quedarían fuera de la eurozona y, por ende, sin el paraguas del BCE. Además el riesgo de secesión puede llevar a la retirada de fondos de esos bancos, lo cual, si se hace de un modo masivo, llevaría a una crisis bancaria de mayor calibre que la de Bankia. Como se dice vulgarmente, éramos pocos y parió la abuela.  Por ese  motivo, los dos bancos con sede en Cataluña se plantean mover su sede fuera de Cataluña. El riesgo de independencia va a afectar a otras empresas: ¿Qué pasaría con una SEAT o una Nissan si tuviesen que fabricar en un “país tercero”, fuera del mercado único europeo? ¿Exportarían lo mismo que ahora?  Lo primero que los independentistas van a conseguir es que algunas importantes empresas se vayan de Cataluña. ¡Vaya exitazo! Lo malo es que la turbulencia política afectará ya a nuestra economía y lo pagaremos con un menor crecimiento y con un papel capitidisminuido en Europa. Continuará.

Por cierto, creo que la intervención del Rey era imprescindible ante la evidente falta de liderazgo tanto en las filas del Gobierno como de la oposición. Un líder es aquel que marca el camino a su gente y el Rey lo ha hecho ante la falta de otros.

 

 

El fondo de la cuestión de lo que está pasando en Cataluña es esta: ¿tiene Cataluña  derecho a la autodeterminación?

La respuesta la ha dado con claridad el Tribunal Constitucional: no. Es la respuesta obvia como cualquiera puede deducir de una simple lectura de la Constitución y demás leyes que la desarrollan. Por tanto, no debería haber ninguna duda al respecto.

Tampoco la hay en el plano internacional. Cataluña no está en la lista de los territorios a descolonizar que la ONU reconoce. Tampoco Cataluña es víctima de un Estado opresor, o lo es en la misma medida que lo pueda ser Extremadura o Asturias. Señalo todo esto porque lo que está convocado para el  1 de Octubre es exactamente un referéndum de autodeterminación. Y no vale el argumento de que el pueblo está por encima de las leyes: quien convoca el referéndum no es el pueblo catalán sino el gobierno y éste no está por encima de las leyes sino sujeto a ella.

Otra cosa bien distinta es que haya muchos que opinen que Cataluña debería tener ese derecho. Pero una cosa es opinar y actuar políticamente para cambiar las leyes y que éstas reconozcan el derecho de autodeterminación o cualquier otra cosa y otra bien distinta es darlo por hecho.   Una vez más, el Tribunal Constitucional lo ha dejado claro al suspender el referéndum del 1 de Octubre y la ley de desconexión. A pesar de lo cual, el Gobern mantiene la convocatoria del referéndum a sabiendas de que es ilegal y de que está expresamente prohibido por los tribunales de justicia.

La desobediencia a las resoluciones del TC es algo insólito en las democracias de nuestro entorno. A Trump, que parece un hombre algo más poderoso que Puigdemont, un juez le ha tumbado su norma de prohibir la entrada en EE UU a determinados inmigrantes. Trump ha puesto a parir al juez en cuestión y ha recurrido al Supremo, pero ni por asomo se le ha ocurrido desobedecer al juez, sencillamente porque podría costarle el procesamiento. En Alemania, a la Sra. Merkel el Tribunal Constitucional le ha anulado más de una norma, lo cual ha sido religiosamente acatado. Y así podríamos seguir con todos los países de nuestro entorno. Ningún gobernante al que un tribunal y, menos aún, el Constitucional le anule una norma se le ha pasado por la cabeza desobedecer. Eso solo ha pasado en Cataluña.

Es frecuente hablar de la politización del TC. Pero en EE UU, los jueces del supremo (que ejercen de Constitucional allí) son nombrados por el Presidente y no es ningún secreto que presidentes demócratas nombran a jueces progresistas y presidentes republicanos a jueces conservadores. Y es que los jueces, todos ellos, tienen su ideología, lo cual no debería ser motivo de escándalo. Lo que no empece para que apliquen la ley. En el caso del referéndum catalán nadie discute seriamente que la han aplicado en sus términos, porque no es un caso dudoso o sujeto a interpretación.

El corolario es que si, después de la prohibición del Constitucional hay autoridades que la ignoran y siguen adelante con el referéndum, la justicia tiene que intervenir y procesar a todos ellos para lo cual deben investigar su participación. Que esto sea tildado de represión, estado de excepción, o hablar de presos políticos en España es un disparate mayúsculo que solo sirve a la propaganda de los independentistas.

En medio de la crisis catalana, la ocurrencia de Podemos consiste en formar una alianza con los nacionalistas de todo tipo para echar a Rajoy. Dicho en plata: ante la inminente secesión de Cataluña, Podemos propone echar a Rajoy con la ayuda de los secesionistas. Es como si en medio de un incendio propusieran echar al director de los bomberos con el apoyo de los pirómanos.  Y para más inri ni siquiera los independentistas apoyan esta peregrina idea.

Perdida la batalla en los tribunales y con la policía desmantelando la infraestructura del referéndum  ahora todo está en manos de la calle. Como dice Ramoneda, hay tres condiciones para una independencia unilateral: una mayoría electoral amplia, un cierto apoyo internacional y capacidad insurreccional. Los secesionistas no cuentan con las dos primeras y por lo visto hasta aquí tampoco con la tercera. Las manifestaciones de protesta no equivalen a un proceso revolucionario.  Por lo menos hasta ahora. La CUP propone declarar la huelga general para después del domingo. Me parece dudoso que lo consigan. En todo caso, habrá que seguir de cerca los acontecimientos y ver cómo se desarrolla esta semana crucial porque cualquier cosa puede pasar en una situación tan tensa.

Termino con una cita del Presidente Kennedy con ocasión de mandar a la guardia nacional a hacer cumplir con las leyes contra la discriminación racial en el Sur:

“Los estadounidenses son libres, en resumen, de estar en desacuerdo con la ley, pero no de desobedecerla. Pues en un gobierno de leyes y no de hombres ningún hombre, por muy prominente que sea, y ninguna turba por rebelde o turbulenta que sea, tiene derecho a desafiar a un tribunal de justicia. Si este país llegara a un punto en que cualquier hombre o grupo de hombres por la fuerza o la amenaza de la fuerza pudiera desafiar largamente los mandamientos de nuestra corte y nuestra constitución, entonces ninguna ley estaría libre de duda, ningún juez estaría seguro de su mandato y ningún ciudadano estaría a salvo de sus vecinos”

Seguirá.