Estamos en un año electoral en la mayoría de los principales países europeos. En un momento de dudas e incertidumbres sobre el futuro de la UE las elecciones cobran una extraordinaria importancia. También lo son para el futuro de la izquierda. En muchas de ellas se han producido resultados inesperados que muestran como la política cambia en una sociedad en cambio.

El pasado 8 de Junio se celebraron elecciones generales en el Reino Unido. Se trata de elecciones anticipadas que May convocó con la intención de reforzarse ante las negociaciones del Brexit y, de paso, asestar un golpe mortal al Partido Laborista que las encuestas de hace meses situaban a 20 puntos de distancia. El resultado de las elecciones ha sido que los conservadores, lejos de reforzar la mayoría absoluta de que gozaban, la han perdido y los laboristas, lejos de desplomarse, han aumentado más de 10 puntos respecto de la última elección general, quedando a tan solo unos 2 puntos de los conservadores. Esta ha sido la sorpresa de estas últimas elecciones.

Es curioso observar las sucesivas meteduras de pata de los conservadores británicos. Cameron se ha ganado a pulso el título de ser el político británico más tonto de los tres últimos siglos. Convocó el referéndum sobre la permanencia del RU en la UE para reforzarse dentro de su partido frente al ala antieuropeista, convencido de que ganaría el “remain”. Ganó el Brexit y Cameron tuvo que irse a su casa. De paso metió a su país en un buen lío. Un exitazo, vamos.  Ahora May convoca elecciones generales para reforzar su posición ante la inminente negociación del Brexit. Se ha debilitado tanto que muchos opinan que debería irse también. Con un parlamento tan fragmentado, llegar a un acuerdo con la UE puede ser misión imposible. May también ha metido a su país en otro buen lío, y se disputa con Cameron el título de mayor tonto del Reino.

Pero lo realmente llamativo ha sido el resultado del laborismo dirigido por Corbyn, que ha hecho añicos algunas verdades establecidas. La principal de ellas es que un izquierdista, con un programa de izquierdas, no puede ganar unas elecciones. Esto podría ser cierto hace algún tiempo, pero no ahora, tras la crisis. Cierto que Corbyn no ha ganado, pero el 40 % que el laborismo ha tenido en estas elecciones es bastante más de lo que tuvo Blair y el salto de 10 puntos desde las pasadas elecciones indica que el giro a la izquierda del laborismo parece que ha ido bien. El 40 % del laborismo es un excelente resultado para lo que se gasta en Europa en estos tiempos. ¡Ya nos gustaría tenerlo en España, sin ir más lejos! Para dejar claro lo que pienso, digo que el giro a la izquierda no es la solución universal, también llamada ungüento amarillo, pero los que han venido predicando que ese giro destrozaría al laborismo, deberían admitir que estaban equivocados. Lo que era verdad antes de la gran crisis del 2008 ya no lo es.

El resultado de Corbyn es notable no solo desde el punto de vista cuantitativo, sino también cualitativo. A reserva de lo que digan los estudios post-electorales, Corbyn parece haber movilizado el voto joven y parece haber rescatado parte del voto obrero que había emigrado hacia el nacionalismo del UKIP, el gran derrotado, por cierto en estas elecciones. Frente al saber convencional de que las elecciones se ganan por el centro, Corbyn demuestra que también se ganan por la izquierda. Esto es, las cosas son un poco más complicadas de lo que algunos gurús quieren hacernos creer.

Interesa analizar dos asuntos más. El primero el orgánico. Corbyn puso en marcha una plataforma de apoyo a su candidatura que reunió muchos miles de ciudadanos, sobre todo jóvenes, que han terminado ingresando en el Partido Laborista. Es decir, el Labour es ahora algo distinto de lo que era, distinto y más grande, por cierto: seguramente el mayor partido de Europa. Esto hará que el cambio sea, probablemente, irreversible. También ha recuperado un clásico: el apoyo militante de los sindicatos que en el RU siguen teniendo una fuerza. Es decir, Corbyn ha logrado unir lo viejo (el apoyo sindical) y lo nuevo (la plataforma política que le apoyó). Con eso ha contrarrestado la falta de apoyo en medios de comunicación.

El segundo es el programa. Recomiendo que se lea el Manifiesto, un documento breve y claro, de fácil lectura, que tiene un anexo con el cálculo económico de las propuestas políticas. Nada que ver con el fárrago de las mil y una medidas concretas que usamos por aquí y que, además, acaban con aquellos de “y dos huevos duros”. Es un Programa claramente de izquierdas, racional y razonado, que implica una expansión del sector público que es lo que toca en esta coyuntura económica. No estoy de acuerdo en algunas cosas, sobre todo en lo que se refiere al Brexit, pero es, sin duda, un programa socialdemócrata lo cual es una verdadera revolución en comparación con la tercera vía de Blair.

Lo que se ha demostrado en el RU es que el declive de la socialdemocracia no es inexorable. Al contrario, se puede invertir la tendencia al declive para lo cual, la socialdemocracia debe pensar sus programas en relación a los cambios económicos y sociales que se están produciendo tras la gran crisis de 2008.

 

 

 

La inesperada victoria de Pedro Sánchez plantea dos preguntas: por qué ese resultado y hacia dónde va el PSOE.

Puede que para el interesado y su equipo el resultado no haya sido una sorpresa pero para el resto de los mortales sí que lo ha sido. Hace dos años, Sánchez, entonces un perfecto desconocido, ganó las primarias merced al apoyo de los principales líderes regionales. En esta ocasión, aquellos líderes (y algunos más) le habían retirado su apoyo y apoyaban a Susana, haciendo plausible su victoria. Además, en estos meses en el cargo de Secretario General Sánchez pasó de ser un desconocido a protagonizar dos sonoros fracasos electorales finalizando su gestión con una traumática dimisión tras quedar en minoría en los órganos federales. No es de extrañar que lo que ha sucedido ahora algunos lo califiquen como la mayor resurrección desde Lázaro.

Explicar por qué el menos indicado de los candidatos cosechó más de la mitad de los votos de los miembros del PSOE  nos remite a los mensajes que Sánchez ha transmitido. Básicamente Sánchez ha planteado que hay dos PSOE: uno, representado por él, es un PSOE de izquierda, autónomo, un PSOE de los militantes y otro, encarnado por Susana es un PSOE de derechas o, por lo menos, subordinado a ella, un PSOE dominado por las élites, por el aparato, y alejado de la militancia. Importa destacar que ese viejo PSOE no aparece con la Gestora sino que es el PSOE de toda la vida, el PSOE de Felipe, de Zapatero, de Rubalcaba… y de Pedro Sánchez. En efecto, el anterior Secretario General se posicionó exactamente en el mainstream del PSOE declarando que Felipe y Zapatero eran sus referentes políticos. De modo que Sánchez no solo ha protagonizado una resurrección política sino también la más sonora caída del caballo desde que Saulo cabalgaba hacia Damasco. Sánchez, el nuevo Secretario General, se propone alumbrar un nuevo PSOE frente al viejo PSOE de Sánchez, el anterior Secretario General.

La derechización del PSOE y su indiferenciación del PP forma parte de la propaganda de Podemos (y antes de Anguita) que asimila al PP y al PSOE  y no recientemente, desde la gran crisis, sino desde la fundación del régimen del 78. Esta crítica al PSOE de Felipe-Zapatero-Rubalcaba- Sánchez (el primero) parece que ha calado en las bases del PSOE, una parte de las cuales abandonó el partido a partir del 2010 y otra parte ha asumido la idea de la subordinación al PP a raíz de la abstención en la investidura de Rajoy. Su voto por Sánchez va más allá de una crítica puntual a aquella abstención y es una censura al PSOE de toda la vida, que, de todos modos ha tenido casi la mitad de los votos.

Pero ¿de verdad asistimos al nacimiento de un nuevo PSOE a partir del voto de las bases? Eso es lo que se desprende de las declaraciones del nuevo Secretario General. Si así fuera, este Congreso sería tan importante como el de Suresnes (que, este sí, alumbró un nuevo PSOE). Que sea Sánchez, cuyas posiciones políticas previas no apuntaban en esa dirección, el líder de tal cambio, avala el escepticismo de muchos que pensamos que, a la postre, el discurso del nuevo PSOE no es sino un señuelo para recuperar el poder. De otro lado, uno no acaba de ver cómo cuadros que han apoyado a Sánchez apunten a un nuevo PSOE. Más bien parece que Sánchez ha tenido sus apoyos por otros méritos. Así, por ejemplo, en Cataluña la clave de haber arrasado no está en ningún nuevo PSOE sino en los guiños de Sánchez al nacionalismo catalán que sigue permeando al PSC. Mirando Asturias, o Valencia u otras CCAA, los apoyos de Sánchez no se han caracterizado por su izquierdismo. Más bien han aprovechado la batalla por la Secretaría General del PSOE para desbancar al “incumbent” en favor de un aspirante local que se ha hecho “sanchista” para desgastar al que manda, con cierto éxito, por cierto. Ahora bien, si queremos ver el bosque y no solo árboles, debemos concluir que la mitad del PSOE quiere un nuevo PSOE, más a la izquierda. Cosa distinta es que lo vaya a tener.

Lo que se deduce de los primeras planteamientos  es que el nuevo PSOE de Sánchez va a competir con Podemos por la primera posición en la izquierda. Más importante aún: Sánchez ha definido cuál va a ser su política de alianzas: con Podemos. La alianza PSOE – Podemos tiene varios escollos. El primero es que el Congreso de Vistalegre no marca precisamente ese rumbo, sino la rivalidad con el PSOE por ver si se consiguen por fin el sorpasso. El segundo es que una alianza de gobierno debería hacerse sobre un programa común y, hoy por hoy, eso parece remoto, sobre todo dadas las posiciones de Podemos ante asuntos cruciales como es la construcción europea y el soberanismo de las regiones españolas.

Si lo que se pretende es que el nuevo PSOE trate de recuperar parte del voto que emigró del PSOE a Podemos, hablar de la alianza con Podemos es buena cosa. Pero los líderes del PSOE deberían estar advertidos que, a su vez, pueden perder votos hacia Ciudadanos. Me parece que el más encantado con el resultado de las primarias del PSOE es Rivera.

Como se ve tengo muchas dudas de que vayamos a tener un nuevo PSOE. Pero acto seguido, debo añadir que  es algo muy necesario. El mayor error que ha cometido Susana es limitarse a reivindicarse del PSOE de toda la vida, sin echar de ver que la sociedad está cambiando aceleradamente y que no se puede aspirar a representar una sociedad que empieza a no existir. Opino, como muchos, que un nuevo capitalismo está emergiendo ante nuestros ojos y un partido socialista debe actuar en relación a ese nuevo capitalismo. Reivindicar lo bueno que se ha hecho en otros momentos está bien, pero es totalmente insuficiente. Como se suele decir rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras. Pues eso, que hay que mirar al futuro. Al final, es esperanzador que la idea de un nuevo PSOE haya ganado en las primarias. Lástima que el vencedor se llame Pedro Sánchez.

 

El debate entre los tres candidatos a la Secretaría General del PSOE ha sido importante no porque vaya a tener influencia significativa en el voto del día 21 (después de la recogida de avales casi todo el pescado debe estar  vendido) sino porque permite reflexionar sobre la idoneidad  y las ideas de cada candidato.

El procedimiento de elegir primero al Secretario General y después hacer el Congreso contradice aquella idea tan repetida de que lo importante es el proyecto y lo secundario quién lo lidera. Aquí, lo primero que se decide es quien va a ser el líder del partido y después, en el Congreso, ya se verá cual es el proyecto. Cierto que los candidatos exponen  ideas políticas, pero lo que estaba en juego en el debate del lunes no eran las ideas sino la idoneidad de quien vaya a dirigir el PSOE en los próximos años. En todo caso, sobre las ideas expuestas por los candidatos cabe decir que no encuentro muchas diferencias entre unos y otros y que en ningún caso justificarían una división como la que todos los comentaristas señalan. En particular, no me parece que las diferencias den para hablar ni siquiera tendencialmente de una izquierda (Pedro) una derecha (Susana) y un centro (Patxi).

Aparentemente, en el terreno de las alianzas parece haber más diferencias que en el terreno de las propuestas políticas, pero la realidad de estos años atrás indica otra cosa. Susana pactó con Ciudadanos la investidura en Andalucía y Sánchez hizo lo propio para intentar la suya. Notorios partidarios de Susana, como Vara, Page  o Puig han pactado con Podemos o sus confluencias, sin que nadie les haya acusado de cripto – podemitas. Patxi fue lendakari con los votos del PP aunque después ha defendido con energía el “no es no” al mismo PP que le hizo lendakari. Decir que, en esta legislatura el PSOE está subordinado al PP es una bobada que no resiste el contraste con las iniciativas parlamentarias. En resumen, todos los candidatos  han practicado el pragmatismo sin más, lo cual me lleva a pedir que en las presentes circunstancias el PSOE defina una política de alianzas sobre la base de una agenda política.

Observando el panorama europeo, creo que hay un rasgo común a casi todos los países: el declive de la socialdemocracia, que implica un retroceso de la izquierda en su conjunto, lo cual corre en paralelo al incremento de la extrema derecha. El último ejemplo es Francia y los pronósticos para Alemania y el RU van por ese camino. El tema merece un debate más allá del marco nacional. Un debate que ha de analizar las causas del declive y presentar las propuestas para la socialdemocracia del futuro en el marco de una Europa Unida. No creo en soluciones nacionales a este problema. Susana es muy optimista pensando que el declive del PSOE se debe a que había perdido su identidad resultando irreconocible para el electorado. Claro que los bandazos y desaciertos  de Sánchez tienen que ver con los malos resultados, pero los males son algo más profundos y diagnosticar el problema y dar con el remedio tomará su tiempo. Mientras tanto, el PSOE necesita urgentemente algo menos ambicioso que un proyecto político: necesita una agenda de medidas a alcanzar en el corto plazo. Sin eso, hablar de alianzas es limitarse a hacer lo que convenga en cada caso para alcanzar el poder sin más contenido.

Volviendo a los candidatos, ninguno de los tres es nuevo. Los tres vienen de una importante experiencia política. Y, como dice el evangelio, por los frutos los conoceréis. Con esa vara de medir es evidente que Pedro Sánchez sale perdiendo. Con él en la Secretaría General, el PSOE ha seguido bajando de votos y de diputados, es decir no ha conseguido parar el declive del PSOE. Cierto que lo mismo se puede decir de otros barones regionales, Susana y Patxi incluidos. La diferencia es que Susana, Ximo, Page etc. han conseguido gobernar en sus CCAA lo cual es una medida del éxito en política. Parar el declive del PSOE y remontar es, sin duda, el objetivo que debe perseguir el próximo líder del PSOE. Susana es quien con más claridad lo ha visto anunciando que si no consigue remontar se irá, que es lo que debería haber hecho Pedro Sánchez, por cierto, después de bajar y no conseguir formar gobierno.

La campaña de Pedro Sánchez se basa en una especie de levantamiento de las bases contra los cuadros. Es la versión socialista del pueblo contra las élites. Si triunfa será un gran cambio en el PSOE: el cambio de las élites actuales por unas nuevas y el empoderamiento del líder (¡más aún!) porque no creo que nadie se crea eso del empoderamiento de las bases. Hacia donde podría ir el PSOE en ese caso es una incógnita, aunque a juzgar por los meses en que Pedro Sánchez ha ejercido el liderazgo, parece que a ninguna parte. Prueba de ello es la ocurrencia de pedir la dimisión de Rajoy como primera medida tras la elección del Secretario General. Sánchez se equivoca porque el mero anuncio es ya es un aval a la moción de censura de Podemos y, de seguir con ella, el PSOE debería apoyarla, con la consecuencia de colocarse en una posición muy desairada.

Patxi acierta cuando denuncia los peligros de la división en el PSOE. Pero ¿de qué división hablamos? El principal problema no es el enfrentamiento entre Pedro y Susana, que lo hay, sino el malestar de una buena parte de las bases del PSOE con sus dirigentes. Sin tener en cuanta esto, no se entiende por qué Sánchez ha logrado más de 50.000 avales. Y ese malestar no se arregla regulando más y mejor la participación de bases. Fijémonos en la experiencia de Podemos, donde en una consulta formal y vinculante sobre una cuestión concreta y relevante, apenas ha votado el 18 % de los inscritos. Aunque Patxi resultara elegido, el malestar seguiría estando ahí. Por ello, el problema de la división es real  pero la solución no lo es: elegir a Patxi en lugar de Susana o  Pedro solucionaría el problema si estuviésemos ante un enfrentamiento personal; pero me temo que las cosas son algo más complicadas, aunque se entiende que Patxi juegue esa baza: irónicamente, es el único de los tres que tiene puesto asegurado en la próxima ejecutiva.

Después de los avales, la elección se reduce a Susana o Pedro. No hay más opción. Y aquí, el argumento decisivo es no optar por quien se ha equivocado (y lo sigue haciendo) tanto y tan gravemente.

 

 

 

 

 

Durante los años más difíciles de la transición el PCE propuso un gobierno de concentración democrática como fórmula más idónea para hacer frente a los peligros que se cernían sobre la joven democracia española. Ciertamente había entonces una “emergencia democrática”. En concreto había el riesgo de golpe militar, como se deducía de la agitación en los cuarteles y se pudo comprobar el 23F.  La idea de gobierno de concentración no cuajó, pero hubo un Pacto de la Moncloa, que supuso una especie de programa mínimo aceptado por todos los partidos democráticos. Así, pues, la idea de que ante una emergencia democrática cabe una iniciativa excepcional no es nueva.

Para completar el cuadro anterior, cabe señalar que el PSOE no estaba en absoluto interesado en un gobierno de concentración democrática porque se veía como la alternativa de gobierno. Para hacer visible tal alternativa, en 1980 presentó una moción de censura al Gobierno Suárez, moción que no prosperó, pero contribuyó a reforzar la credibilidad de dicha alternativa y a resaltar la figura del candidato a Presidente del Gobierno, Felipe González. El PSOE, segundo partido de la Cámara, consiguió el apoyo del PCE y de otros cuatro partidos pequeños, cosechando 152 votos para la moción que perdió frente a los 166 de UCD, absteniéndose el resto.

Podemos anuncia estos días una moción de censura para hacer frente a una situación de excepcionalidad democrática, caracterizada, al parecer, por los continuos escándalos de corrupción que afectan al partido del Gobierno. Resulta curioso constatar que, en Cataluña, donde los escándalos de corrupción sacuden con mayor gravedad aún a la antigua CiU (porque afectan al mismísimo Pujol), Podemos ni se plantea algo parecido.

Si de lo que se trata es de desalojar del Gobierno al PP,  Podemos debería haber propuesto esta salida a C´s y al PSOE, intentando una iniciativa acordada por los tres partidos. No lo hace porque esa fórmula estuvo sobre la mesa tras las Generales de Diciembre y fue rechazada por Iglesias con cajas destempladas. Raro sería que, ahora, la propusiera sin autocriticarse del pasado. Y sin un compromiso de los tres partidos cualquier moción de censura está abocada al fracaso, como demuestra el cachondeo con que Rajoy se ha tomado la noticia. Peor aún: puede que el resultado de la moción sea reforzar a Rajoy.

Si el objetivo de la moción no es cambiar el Gobierno,  imitando al PSOE de 1980, Iglesias busca aparecer como la alternativa de Gobierno. A diferencia de entonces el proponente de la censura no es el segundo partido de la Cámara (entonces a gran distancia del tercero) sino el tercer partido que cuenta con tan solo 70 escaños (120 el PSOE de entonces). Si el PSOE votara a favor de la moción de Podemos estaría reconociendo que Podemos (y no el PSOE) es la alternativa al PP. Consciente de que el PSOE no puede votar su moción, Iglesias tendrá un buen pretexto para cargar contra el PSOE, acusándole de ser el culpable de que Rajoy primero llegase a La Moncloa y, después, siga gobernando. Por eso me temo que el debate de la moción de censura será, sobre todo, una censura de Podemos al PSOE.

Lo cual se sitúa en la línea que marcó el Congreso de Vistalegre: el PSOE es el enemigo a batir. De todas las caras que se exhiben en el tramabus hay una decisiva: la de Felipe González. Todo lo demás es pelusilla de butaca. Es curioso el argumento con el que Iglesias mete a Felipe en la trama. El vídeo promocional empieza con el agua: abres el grifo y hay una empresa que gestiona la distribución de tu agua, empresa cuyo accionista mayoritario es Slim, el cual, mira tú por donde, es amigo de Felipe. Con tan potente argumento tenemos a Felipe, léase al PSOE (de eso se trata ¿no?), en medio de una trama de políticos y empresarios que te están jodiendo la vida. ¡Hombre! No me parece bien  que Felipe esté en algunos consejos de administración; pero Felipe ya no manda casi nada en el PSOE, ni me parece que tampoco influya nada de nada ni en el precio del agua ni en ninguna otra cosa. Yendo un poco más lejos, eso de la trama es una verdadera gilipollez, que Marx, un estudioso del capitalismo de su época, hubiese rechazado como una tontuna. Pero esa tontuna tiene un fin: atacar al PSOE, lo cual no sería ni bueno ni malo, salvo que para llegar al gobierno en la España actual, la izquierda necesita un cierto grado de entendimiento, porque de lo contrario, tendremos derecha para rato.

¿Porque casi nadie ve hoy una verdadera situación de excepcionalidad democrática?  No es cierto, como ha dicho Cifuentes, (con más voluntad que acierto)  que la corrupción es incompatible con la democracia. En democracia se han producido, se producen y se producirán también en el futuro casos de corrupción, frente a los que hay que exigir responsabilidades políticas  y, en su caso, judiciales. Si la corrupción afecta, sobre todo, a un determinado partido (en España, hoy, a dos, el PP y el PdeCat) son los electores con sus votos los que deben, en última instancia, establecer las responsabilidades políticas. En la competencia política, parece lógico que los competidores del PP (y, sobre todo, los medios de comunicación que los sustentan) acentúen la crítica y promueven la exigencia de responsabilidad política. Esta situación, por cierto, no es nueva. Contra el Gobierno de Felipe González se desencadenó una enorme campaña basada en sonoros casos de corrupción que todos recordamos. Por cierto, mucho más sonados que los actuales porque implicaban nada menos que al Director de la Guardia Civil , huido de la Justicia, y al Gobernador del Banco de España, detenido por la policía. Pero aquello tampoco fue una verdadera emergencia democrática, emergencia que por aquel entonces solo defendían Aznar y (vaya por Dios) Anguita.

Lo que pasa, ahora, es que la política española no pasa por su mejor momento. Con un PP preocupado por cuál será el siguiente escándalo que les salte; con un PSOE sumergido en unas primarias de las que, inevitablemente, saldrá dividido y con un Podemos subido al autobús de la trama (antes la casta), es decir fuera de la realidad e incapaz de organizar una movilización pasable; con los independentistas catalanes corriendo desesperadamente hacia ninguna parte, parece que solo Ciudadanos y el PNV  están al turrón, vale decir, a la política. Y todo ello en un año decisivo en el que vamos a asistir al ser o no ser de Europa, un asunto que nos interesa un pelín, pero que ocupa menos espacio en los medios que las aventuras del andóbal de Puerto Lumbreras, por ejemplo. Lo cual da una reflejo de cuál es el nivel del debate público en España. Y este sí que es un grave problema de la democracia española porque la enorme pobreza del debate político que ofrecen las TV daña gravemente el funcionamiento de la democracia que para funcionar bien necesita una opinión pública informada. No es un mal solo español. Alguien ha dicho que si queremos saber por qué se ha producido el Brexit solo hay que mirar los tabloides británicos. Aquí, para entender los males de la patria habrá que empezar por ver las tertulias de las TV y de las radios.

 

 

  1. El fenómeno más importante (y dañino) que ha puesto en marcha la crisis es el ascenso del nacionalismo reaccionario, cuyo objetivo más visible e inmediato es el desmantelamiento de la UE, el cierre de fronteras a la inmigración y el proteccionismo. El FN ha tenido un significativo ascenso, que indica la fortaleza de esa corriente política, pero insuficiente para llevar a Marine Le Pen a la Presidencia de la República. Sigue siendo un peligro vivo pero, no nos equivoquemos, el nacionalismo reaccionario es solo una quinta parte del electorado francés. Nada que ver con los que ha sucedido en EE UU o en el RU. Este fracaso relativo del nacionalismo reaccionario se suma al que antes cosechó en Holanda, de modo que la tendencia política europea se aleja de la dominante en EE UU y el RU y éste es un hecho de gran importancia.
  2. El vencedor de las elecciones y probable próximo Presidente de Francia es un europeísta convencido, partidario no solo de mantener la UE sino de avanzar en su desarrollo. Creo que no basta con decir sí a Europa. La UE necesita diseñar una nueva política económica. La ola nacionalista es la repuesta equivocada a una política fracasada, la llamada austeridad. Dicho de otro modo, Europa, sin el RU y una vez derrotadas las corrientes nacionalistas, no puede seguir igual. Este es el gran reto que deben afrontar los nuevos dirigentes europeos surgidos de las urnas en este trascendental año electoral.
  3. La dimensión de la crisis de los dos grandes partidos tradicionales (conservadores y socialistas) se calibra con el hecho de que ha ganado las elecciones un candidato cuyo partido (si es que existe) apenas tiene unos meses de vida. Nuevos partidos aparecen con fuerza en el escenario político, lo cual no debería extrañarnos: cambia el escenario político porque está cambiando la sociedad y, además, muy deprisa. Al parecer los viejos partidos no son capaces de adaptarse a los cambios o dan respuestas que los ciudadanos no comprenden. Cambia la sociedad, pero no cambian los viejos partidos. Al punto que conviene preguntarse si dada la magnitud del cambio social las fórmulas organizativas siguen siendo útiles. Esta es una reflexión que compete a todos los países de nuestro entorno.
  4. El resultado del socialismo francés es catastrófico, lo cual, unido a la derrota en Holanda confirma la idea de que hay un declive de la socialdemocracia europea. En el RU, los sondeos anuncian una derrota del laborismo de Corbyn. En Francia, Hamon ganó las primarias al candidato oficial, Valls, con un discurso de izquierdas. De confirmarse los pronósticos, Corbyn perderá, también con un discurso de izquierda. En Holanda, los socialistas se han hundido con un discurso en el mainstream de la socialdemocracia. Explicar el porqué del declive de la socialdemocracia no parece tarea fácil, pero hay que intentarlo. Creo que el declive tiene que ver con el apoyo de la socialdemocracia a las políticas de austeridad, pero criticarlas para volver a los viejos y buenos tiempos pasados y sus programas de izquierdas no ayudan nada. Si hay una nueva sociedad hay que adaptarse a ella y encontrar el programa político de futuro. Sé que esto es muy genérico, pero  sirve para  señalar a donde tenemos que mirar. El socialismo, si quiere sobrevivir, debería dotarse de una agenda a escala europea, una especie de programa de mínimos y diseñar una política de alianzas para hacerlo viable.
  5. ¿Está naciendo una izquierda post comunista? El resultado de Melanchon así parece indicarlo. Crear un partido es tarea algo más complicada que concurrir a unas elecciones. Pero el declive de la socialdemocracia parece ir acompañado de la aparición de nuevas fuerzas de izquierda, como indica Grecia, España y ahora Francia. En Holanda y en Austria han sido los verdes los que han ocupado ese nicho. Todo ello complica y mucho el futuro de la izquierda. No olvidemos que la izquierda no pasa a la segunda vuelta en Francia y que los votos al candidato socialista junto con “los insumisos” de Melanchon solo son un poco más del 25%. Imagino que quienes han hecho del sorpasso su idea matriz no estarán muy satisfechos de cómo se ha producido éste en Francia. Estos dos movimientos paralelos, el declive de la socialdemocracia y el ascenso de otras izquierdas tiene una segunda cara de la moneda: la izquierda en su conjunto está retrocediendo en Europa. Tanto que la victoria de Macron en Francia está siendo recibida como un mal menor.

 

El 40 aniversario de la legalización del PCE es una buena ocasión para  glosar el papel del PCE en la transición. Su legalización fue, sin duda, un momento crítico, un punto de inflexión que abrió paso a la democracia en España. El franquismo había construido el relato de que la Guerra Civil fue una lucha  contra el comunismo que anticipaba la Guerra Fría, entendida como la confrontación entre el mundo occidental y el mundo comunista. No fue así, pero, como todos los relatos, éste era útil para un fin, en este caso, para el fin de blanquear el franquismo que, en la Segunda Guerra Mundial, había colaborado con el bando nazi. A los ojos de los albaceas de la herencia franquista, el comunismo era el enemigo y, por ello, legalizar al PCE era traspasar la línea roja que marcaba el territorio del Régimen. El Sábado Santo de 1977 se cruzó esa línea no sin sobresaltos y problemas.

A la muerte de Franco, el PCE era, sin duda, el partido con más implantación social. Tal era la consecuencia de una estrategia política que venía de atrás. Desde los años 50 el PCE venía formulado la reconciliación nacional y el pacto por la libertad. La democracia, según el PCE, vendría de la movilización popular y de la negociación entre la oposición y sectores del régimen franquista que evolucionarían hacia posiciones democráticas. Las dos cosas eran necesarias: sin movilización popular, el inmovilismo triunfaría. Sin el acuerdo con algún sector del régimen franquista no habría un cambio pacífico. Y si algo había claro en la España de Franco es que la gente aceptaría cualquier cosa antes que otra guerra civil.

Cada vez me admira más el hecho de que Santiago Carrillo, un hombre que no vivía en España, conociera tan bien a su país y fuera capaz de diseñar una táctica política difícil pero posible. No muchos compartían este análisis. Unos porque entendían que la lucha era inútil (además de peligrosa) y se trataba de esperar a que la dictadura cayera por su propio peso. Otros porque juzgaban que entenderse o pactar con un sector del régimen era imposible o, alternativamente, una traición que solo serviría para perpetuar la dictadura. Quiero subrayar que la idea de que había que entenderse con sectores del régimen que evolucionaban hacia posiciones democráticas no era ningún secreto. En todos los niveles del PCE se debatía esta cuestión y se seguían con muchísimo interés los pasos de personajes como Areilza o Díez Alegría. El pacto por la libertad del que se puede consultar una amplísima colección de resoluciones, folletos, acuerdos, etc. tuvo una amplio respaldo de la militancia del PCE. Más en concreto, no recuerdo que nadie lo criticara o se opusiera.

En la estrategia de movilización social el PCE se inclinaba por aprovechar todas las posibilidades legales (incluidas las elecciones sindicales) como una herramienta para impulsar la movilización. Otros lo rechazaban de plano. Al final, CCOO se desarrolló al calor de los convenios colectivos y de las elecciones sindicales que, lejos de apuntalar el régimen, fueron una potente palanca de movilización, como pude constatar en primera persona.

El PCE en el que yo milité era un partido organizado para la movilización y este pilar, especialmente el movimiento obrero, era básico en su estrategia. No hubo ninguna contradicción entre el impulso a la movilización y la negociación política porque la premisa de la negociación política era lograr una amplia movilización. Aunque algunos consideraban que la movilización era el objetivo, los que tenemos alguna experiencia sabemos que la movilización es un medio para alcanzar objetivos. En la transición movilizamos para conseguir mejoras salariales y para reclamar la democracia (libertad, amnistía y estatuto de autonomía, creo recordar). Especial fue el año 76, en el que se produjeron movilizaciones muy amplias, con algunos lugares (Getafe, por ejemplo) donde las huelgas alcanzaron un nivel ciudadano muy amplio. Ciertamente, la movilización no llegó a ser general y ciudadana en todas partes (la famosa huelga general política) pero para cualquier observador era claro que se estaba desarrollando muy deprisa y podría alcanzar mayores proporciones enormes en el futuro, porque a la movilización se estaban incorporando con mucha rapidez sectores que nunca antes habían participado. El año 76 fue un momento de gran aceleración de la Historia de España.

Las movilizaciones tuvieron muchos y variados liderazgos concretos pero mi experiencia me dice que, sin perjuicio de lo anterior, la dirección más general, más política, la ejerció el PCE. Mi papel como comunista (en grado dirigente, como decía la policía) consistía en coordinar y extender las movilizaciones, para lo cual contábamos con gente (militantes y simpatizantes) en muchos sitios. Ha corrido la especie de que el PCE consiguió su legalización a cambio de frenar las movilizaciones. Si hubiera sido verdad, yo lo habría sabido, porque hubiera sido uno de los que tendría que haber pisado el freno. Pero no hice tal cosa, sino más bien todo lo contrario. Dirigir una movilización tiene sus reglas y sus límites que los que hemos tenido la oportunidad de hacerlo lo sabemos. Y el principal condicionante de las movilizaciones de la transición era la crisis económica que siguió al shock del petróleo. En ese marco, nunca daremos bastante importancia al Pacto de la Moncloa, tras el cual, por cierto, tampoco se paró la movilización.

Muchos nos unimos al PCE no por afinidad ideológica, sino porque nos parecía que era la organización que con más rigor y seriedad se oponía al régimen. Nuestro objetivo era traer la democracia a España e importa subrayar este dato porque no creo que todos los que luchamos contra la dictadura en aquellos años pensáramos lo mismo. Para algunos militantes de diversos grupos de izquierda, el objetivo era algún tipo de revolución socialista y la democracia no era algo que valiera la pena luchar por ella. De ahí la decepción que supuso no cumplir con su objetivo. Me recuerda a lo que pasó tras la proclamación de la II Repúblicas con el anarquismo. Al final, pensaban los anarquistas, si los capitalistas y los terratenientes seguían siendo los mismos, la policía era la misma, el ejército el mismo ¿Qué más daba que en el Palacio de Oriente hubiese un monarca o un presidente? A sus ojos nada había cambiado. Pero, en realidad, había cambiado todo.  Y se dieron cuenta muy pronto cuando tuvieron que defender esa República que tan poco les gustó con las armas en la mano. Algo parecido les ha pasado a muchos con la transición. Les parece que nada o casi nada había cambiado. Solo que cambió todo, aunque el camino del cambio no fue ni el de la pizarra de Suresnes (si es que la hubo) ni el de la huelga nacional. Es lo que tiene la vida: que siempre se resiste a seguir esquemas por sabios que  éstos sean.

El PCE de la época jugó también un notable papel en el escenario internacional. A aquellas alturas de la historia era evidente que los países del llamado “socialismo real” habían fracasado en lo fundamental.  Según Marx, el socialismo, liberado de las trabas del capitalismo, produciría muchos más bienes y servicios.  La realidad es que pasaba todo lo contrario: el “socialismo real” ofrecía a sus trabajadores un nivel de vida bastante peor que el capitalismo desarrollado. A lo cual hay que añadir que la dictadura del proletariado había desembocado en una dictadura del politburó, de la cúpula del partido único, del partido marxista-leninista. De ahí que en los partidos comunistas de occidente se desarrollase una crítica al modelo soviético, al que se consideraba que no era un modelo válido para nosotros y, por lo que se ha visto después, tampoco para ellos. Esta posición crítica se llamó el eurocomunismo. Y, como se ve, no nació como una concesión a las clases dominantes. En realidad ¿Qué sentido tenía ser el partido que con más ahínco y sacrificio luchaba por la democracia y, a la vez, sostener que, al final, lo que queríamos era la dictadura del proletariado? Mantener la fórmula del marxismo-leninismo era identificarnos con un modelo fracasado ya entonces.  De ahí que suprimiéramos esa definición en el Congreso del 78 que tuve el honor de presidir.

Naturalmente, los camaradas soviéticos, que tan brillantemente estaban llevando a su país hacia la ruina y la descomposición, hicieron todo lo posible por cargarse el eurocomunismo. Y lo consiguieron.  Los sucesores de Carrillo en el PCE rechazaron el eurocomunismo y volvieron, al parecer, a las esencias del marxismo-leninismo, justo cuando los países gobernados por partidos de este tipo se desmoronaban. ¡Qué perspicacia la suya!

Ecos de aquella polémica sobre el eurocomunismo todavía suenan hoy. Pero importa subrayar que el eurocomunismo no fue una concesión para caer más simpáticos a nuestros adversarios, sino un intento de reforma del comunismo, que, desgraciadamente, no prosperó. El comunismo no tenía reforma, como se ha visto en la antigua URSS. Aún hoy, el eurocomunismo podría prestar algún servicio a la izquierda. Oyendo algunos discursos parece que están a punto de descubrir el eurocomunismo. Los lectores de Gramsci deberían dar un paso más y leer a Carrillo, Berlinguer, Ochetto, etc. y a lo mejor resolvían algunas perplejidades que les atormentan como aquella de ser partido de lucha y de gobierno o la alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura.

El PCE en la transición escribió una de sus mejores páginas de su historia, la segunda mejor, tras su papel en la defensa de la República. Una página enormemente positiva cuyo balance fue una mejora de las condiciones de vida de los trabajadores y  una contribución decisiva a la llegada de la democracia en España. De haber tenido el honor de participar en eso, muchos nos sentimos orgullosos, muy orgullosos.

 

 

 

 

 

 

 

Desde hace algún tiempo, todo lo que ocurre en Cataluña está en clave de elecciones. Creo que todos los agentes políticos catalanes están convencidos que no habrá referéndum de autodeterminación y sí que habrá elecciones anticipadas, algo que la oposición reclama desde hace tiempo ante la evidente precariedad del Gobierno Puigdemont.

Las elecciones marcarán el final del “procés”, es decir, del intento de secesión que sigue una hoja de ruta de la que el referéndum de autodeterminación es un paso más.  Que los independentistas afirmen que quieren pactar con el Gobierno algunos parámetros del mismo (la pregunta por ejemplo) no pasa de ser un postureo o, por mejor decir, un ejercicio de propaganda política, puesto que el Gobierno (éste o cualquiera otro) está obligado a negar la mayor, es decir, está obligado a actuar en consecuencia de la manifiesta ilegalidad de la convocatoria del mismo. En realidad el “procés” está jalonado de pasos que violan la ley, algo que los independentistas aparentan no darse por enterados. Cuando un Gobierno, un Parlamento o cualquiera otra institución acuerdan medidas ilegales, es lógico que intervengan los tribunales de justicia, anulando éstas y persiguiendo a los que no acaten sus resoluciones. Ésta es la lógica de cualquier democracia y no implica un judicialización de la vida política. Antes al contrario, si los tribunales se inhibieran ante ilegalidades manifiestas se estaría quebrando uno de los principios básicos en que se asienta toda democracia. Lo cual no obsta para reconocer que en Cataluña tenemos una crisis, un conflicto, cuya solución, si existe, es política.

Lo que no es solución es la aplicación del derecho de autodeterminación a Cataluña, sencillamente porque el tal derecho solo se aplica a las colonias y Cataluña no es una colonia ni lo ha sido jamás. Se equivocan quienes, obviando ese detalle, dicen que el referéndum de autodeterminación sería la solución al conflicto porque una mayoría de catalanes votaría por permanecer en España. Aunque así fuera, el conflicto seguiría, ya que los independentistas volverían a plantear la cuestión una y otra vez hasta que ganaran. Pero es que, además, la mera convocatoria del referéndum implicaría el triunfo de las tesis nacionalistas. Y, no nos olvidemos, el nacionalismo es la ola ascendente a frenar.

Aquí y ahora, a lo que nos enfrentamos es al intento de secesión decidido por el Gobierno y el Parlamento catalanes sin que haya una mayoría de catalanes partidarios de la independencia. Grosso modo,  hay unos dos millones de catalanes que votan a partidos que se manifiestan expresamente por la independencia, otros dos millones lo hacen por partidos que no se manifiestan por ella y otro millón que no se pronuncia. Vale decir, dos de cada cinco electores catalanes apoyan expresamente la independencia.

Si algún día la mayoría, una mayoría clara y amplia, de catalanes votara a partidos expresamente favorables a la independencia y lo hicieran de un modo sostenido en un período de tiempo no se debería pretender mantener a Cataluña dentro de España aun con todos los inconvenientes que esto tiene. En ese caso, la aplicación de un principio democrático llevaría a negociar los términos de la separación, y ni siquiera en este caso, a convocar el referéndum de autodeterminación.  Serían los términos en que se produce la ruptura lo que habría que someter, al final,  a votación. Y, además, habría que votar en ambos lados del Ebro, ya que el famoso derecho a decidir corresponde no solo a los catalanes sino también al resto de los españoles.

Estoy convencido de que la independencia de Cataluña sería un desastre sin paliativos tanto para Cataluña como para el resto de España al menos por dos motivos: el primero porque romper los vínculos económicos de un espacio económico  unido desde hace varios siglos, sería lo más parecido a un cataclismo económico. El segundo porque en España la crisis política que se produciría sería enorme. Ante esa perspectiva cualquier político responsable debería hacer lo posible y lo imposible por evitar la catástrofe como se evita una calamidad pública. Si esta perspectiva no forma parte del debate público es porque tanto unos como otros no creen que vaya a haber independencia, por lo que, buena gana de debatir sobre las consecuencias de algo que no va  a pasar. Sin embargo, cuando se pone en marcha un proceso como éste nadie sabe cómo puede acabar, sobre todo en un momento en que la crisis económica ha exacerbado los nacionalismos. La fuerza del independentismo catalán es una manifestación más del ascenso nacionalista que  parece anegar esta parte del mundo tras el estallido de la crisis del 2008.

Muchos son los  que instan al diálogo entre instituciones para solventar esta crisis. Yo también. Pero la competencia por el espacio político del independentismo catalán hace que el diálogo tenga pocas posibilidades de resultar fructífero, al menos hasta que no pasen las elecciones. Mientras tanto el diálogo es bueno, claro. A este respecto, hay que constatar un claro cambio en el Gobierno del PP. Pero, además de dialogar, importa echar no ya una mano sino muchas manos a Cataluña al menos para compensar el desgobierno de los independentistas. O dicho de otro modo, hay que gobernar desde Madrid pensando en los ciudadanos catalanes lo cual debe entenderse en el resto de España como una cuestión de Estado.

Una dificultad no menor para encontrar soluciones es el nivel de los políticos catalanes actuales. La descomposición de CiU y del PSC deja un panorama político de un nivel deplorable, lo cual se nota enseguida escuchando a los diputados que hablan por Cataluña en las Cortes, cuyo indicador más dramático es Rufián.

Un nuevo Parlamento y un nuevo Gobierno catalanes son imprescindibles para dar rumbo a la política catalana y a la española.  La cuestión es desde donde puede venir la renovación de la cultura política catalana. Muchas esperanzas están depositadas en el nuevo partido de Colau a pesar de que esta nueva formación que nace lastrada por su posición soberanista. En todo caso, lo único que sabemos con certeza es que las elecciones catalanas tendrán una importancia excepcional.

 

 

 

Si algo he creído entender de la espesa e indigesta literatura populista es que el populismo no es una ideología ni una política. El populismo es un método para alcanzar el poder en un momento de crisis en el que la gente, una buena parte al menos, rechaza a las élites (el establishment) a quien echa la culpa de todos sus males. La política y la ideología se toman prestadas para la ocasión y pueden cambiar según cambien las circunstancias o según convenga. La frontera entre el establishment y  el pueblo tampoco está muy definida ni interesa definirla: muchos pueden ser considerados élites o pueblo según convenga a la propaganda. Lo esencial es descubrir el momento populista, la ventana de oportunidad que abre una crisis para alcanzar el poder, sin importar demasiado para qué se quiere el poder. Trump ha aprovechado un momento populista en EE UU. Su discurso se basa en que las élites de Washington han abandonado al pueblo. El discurso de los partidarios del Brexit es que las élites de Bruselas oprimen al honrado pueblo británico, el cual, al abandonar la UE recupera su libertad. Políticas puede haber muchas y muy distintas: lo esencial es identificar un enemigo a quien enfrentar al pueblo.

Creo que si esa definición es acertada, el PSOE vive un momento populista y parece que Sánchez se ha dado cuenta de ello. En condiciones normales, la candidatura de Sánchez sería inverosímil. Cuando un equipo de futbol cosecha resultados muy malos se cesa al entrenador y se pone a otro. Sánchez ha sido Secretario General del PSOE y el balance de su gestión no puede ser peor tanto en términos electorales (dos derrotas electorales catastróficas) como orgánicos (pérdida de una parte significativa de la afiliación, enorme división en los órganos de dirección) y, sobre todo, políticos: Sánchez terminó perdiendo la confianza de la mayoría de los miembros de la Ejecutiva y del Comité Federal al meter al PSOE (y de paso al país) en un callejón sin salida. En el caso del futbol se podrá alegar que son los jugadores o los árbitros o la directiva o los rivales  los culpables de las derrotas de un equipo;  pero no importa: a la postre es el entrenador el máximo responsable y es quien se va. Lo mismo ocurre con quien ostenta la máxima responsabilidad en un partido. El período del PSOE  que le ha tocado gestionar a Sánchez es un desastre indiscutible. Seguro que él no es el único responsable pero a él le toca asumir la responsabilidad y marcharse. Es, por cierto, lo que hizo dimitiendo tras ver derrotadas sus posiciones en el Comité Federal. Lo que resulta insólito es que se presente a la reelección con ese balance de gestión detrás.

Si lo hace es porque en el PSOE se vive un momento populista. Dicho de forma sencilla, en las bases hay una gran frustración que se traduce en desconfianza y rechazo hacia “barones”, líderes actuales y pasados, cuadros, cargos electos, etc., a quienes podemos llamar el establishment del PSOE, a quienes se culpa de la lamentable situación del socialismo español. Sánchez pretender encabezar la rebelión de las bases contra el establishment con el argumento de que éste “ha puesto el PSOE en manos de la derecha”. Es la versión socialista del pueblo contra la casta. Una casta que se ha vendido al enemigo. Planteadas así las cosas, no estamos ante un debate entre compañeros de partido, que debaten entre distintas opciones. Sostiene Sánchez que candidatos puede haber muchos pero que solo hay dos modelos de partido: uno, el suyo, de izquierdas y autónomo, y el otro un PSOE subordinado a la derecha. Éste segundo proyecto es una versión suavizada y actualizada del pensamiento de Anguita: el PP y el PSOE son lo mismo (la misma mierda, para ser precisos), una idea que, después, ha continuado con lo del PPSOE y el régimen del 78. Lo que es llamativo es que ahora algo parecido suene en boca de alguien que ha dirigido el PSOE y aspira a repetir. La cuestión es que tal y como Sánchez plantea el problema no hay unidad posible. Si gana tiene que liquidar al establishment socialista, que, por cierto, es lo más valioso que tiene el PSOE. Si pierde, lo lógico es irse de un partido subsidiario de la derecha. Inevitablemente, el ya muy debilitado PSOE se debilitaría aún más, como ha demostrado la experiencia de Madrid. En Madrid ya se ha ensayado esta dinámica: Sánchez liquidó todos los órganos democráticamente elegidos con la consecuencia de debilitar aún más la ya débil organización socialista madrileña para poner al frente ella a un grupo de fieles que, por cierto, han terminado por  abandonándole.

La decadencia del PSOE no solo tiene una faceta electoral, sino también orgánica. Cualquiera que conozca las agrupaciones del PSOE, especialmente en las grandes ciudades, verá agrupaciones pequeñas, muy envejecidas, aisladas de la sociedad que las rodea y llenas de militantes frustrados por las reiteradas derrotas electorales. Llevar a esos militantes a votar contra el establishment puede ser fácil pero de ahí no saldrá nada positivo.

El momento populista que vive el PSOE es muy peligroso. Debo decir que las críticas no son infundadas del todo. ¡Pues claro que el establishment del PSOE tiene culpa, mucha culpa de la situación en que se encuentra el PSOE hoy! La cuestión es que el remedio puede ser peor que la enfermedad, como suele ocurrir con todos los movimientos populistas. Enfrentar a las bases del PSOE con sus cuadros es solo un movimiento destructivo.

El PSOE se enfrenta al dilema de o renovarse o morir. El viejo partido obrero de masas, más que centenario, no está adaptado a la política espectáculo, a la comunicación a través de las redes sociales, ni a una sociedad que está cambiando con rapidez ante nuestros ojos. Pero una cosa es plantear la renovación y otra su voladura o su sustitución por una chapuza. El empeño de algunos de dar más poder a las bases en realidad oculta el empoderamiento del líder. Yendo un poco más lejos, la democracia referendaria no es superior a la democracia representativa. Como han puesto de relieve los últimos ejemplos  (Brexit, Italia, Colombia, etc.) nada hay más fácilmente manipulable que un referéndum. Y lo mismo se aplica a los referéndums internos de Podemos. Como dice Monedero, el momento populista se caracteriza por el debilitamiento de la democracia. Y también de la democracia interna, añado yo. En esa estamos. La renovación del partido no vendrá, me parece, de un impulso de las bases: debe ser la iniciativa de algunos de sus líderes. Pero esta ya es otra cuestión.

 

 

 

 

Si atendemos a las encuestas, el paro es la principal preocupación de los españoles. Los economistas nos dicen que la principal debilidad de nuestra economía es la elevada tasa de paro. El empleo parece ser la primera prioridad entre los líderes políticos de todo color. Tanta unanimidad choca con el escaso espacio que la cuestión del empleo tiene en el debate público.

Si estamos de acuerdo en que el empleo es el principal objetivo, el desempeño de un Gobierno debería ser juzgado, en primer lugar, por cómo ha ido el empleo en el país. Por eso importa analizar el primer mandato de Rajoy a la luz de la creación de empleo y la disminución del paro. A este respecto, la propaganda del PP es simple: las cosas han ido bien y por ello ni la política económica ni la reforma laboral deben ser cambiadas. Pero ¿Cuál ha sido la política económica de Rajoy?

Nada más llegar a La Moncloa Rajoy subió impuestos y recortó gasto público. El efecto de esta política contractiva fue profundizar la incipiente recesión que ya apuntaba en el último trimestre de 2011. Salimos de la recesión sobre todo merced a las decisiones adoptadas por el BCE y por lo que se han llamado “vientos de cola”, principalmente la caída del precio del petróleo. Ya en las postrimerías de la Legislatura, Rajoy bajó impuestos (creo que con la vista puesta en las elecciones) con el daño colateral de incumplir el objetivo de déficit. Por tanto ¿de qué política económica hablamos? ¿De la contractiva de 2012 o de la expansiva de 2015? Ahora, Rajoy nuevamente ha subido impuestos, acuciado por la necesidad de enderezar el déficit y los vientos de cola parece que soplan menos. Pero seguimos sin saber de qué política económica hablamos en un momento en que se prevé una ralentización del crecimiento.

Desde el punto de vista del empleo, es muy claro que los primeros años de la Legislatura se cerraron con una importante destrucción de empleo y los dos últimos con una también importante creación de empleo. Pero ¿Cuál es el balance de la Legislatura?

Si nos atenemos a lo que dice la Contabilidad Nacional resulta que en 2015 había tres cuartos de millón de empleos menos que en 2011. Para ser exactos, tenemos 762.200 empleos equivalentes a tiempo completo menos que en 2011. Importa destacar que la CN usa el concepto de trabajadores equivalentes a tiempo completo de modo que, evidentemente, dos trabajadores a media jornada hacen un trabajador a tiempo completo en la CN. No así la EPA que, en ese caso, contabilizaría dos trabajadores. Y esta es una observación a tener en cuenta puesto que una de las cosas que han pasado en esta legislatura ha sido el gran aumento de la contratación a tiempo parcial.

Aun así, la EPA da también una visión negativa de la creación de empleo en la Legislatura. Entre 2011 y 2016 la ocupación media anual cayó en 79.000 empleos. Pero el dato más contundente nos lo da  el número de horas trabajadas. En 2015 se trabajaron 1.360 millones menos que en 2011, según la CN.

Coincido en algo con Rajoy: lo que funciona no se debe cambiar. Donde no coincido es en que, a la vista de los datos antes mencionados, la reforma laboral de febrero de 2012 haya funcionado, o sea, haya servido para crear empleo. ¿Para qué ha servido entonces?  Seguramente para bajar los salarios. Según un reciente estudio de UGT, el decil con salarios menores ha visto disminuir su poder de compra en un 12,4 % desde la reforma laboral. La remuneración de los asalariados como porcentaje del PIB ha bajado dos puntos. Otras fuentes insisten en la misma idea: hay una rebaja salarial muy significativa en los tramos bajos. Por cierto, de ahí la importancia de la subida del Salario Mínimo nada menos que en un 8%. ¿Hay relación entre la reforma laboral y la bajada del poder de compra? Muy probablemente. Al disminuir el poder de negociación colectiva de los trabajadores es más que probable que se haya producido una devaluación salarial muy intensa en las capas de trabajadores con menores ingresos. De algún modo, esto es lo que viene a insinuar la propaganda del Gobierno: a  salarios menores, más contrataciones. Lo cierto es que el volumen de empleo viene influenciado por el coste laboral, pero no es el factor decisivo que sigue siendo la producción.

El PIB se contrajo en 2011, 2012 y 2013 para crecer en 2014, 2015 y 2016, lo cual lleva a muchos a hablar de recuperación. En algún momento de 2017, se nos dice, España alcanzará el PIB de 2008, con lo cual se  dará la crisis por superada. Pero yo no creo que se pueda dar la crisis por superada hasta que no tengamos el nivel de empleo de 2008 y los salarios se recuperen de la bajada. Puede que este año alcancemos el nivel de producción que teníamos hace diez años, pero con dos millones de empleos menos y con salarios más bajos, al menos para una parte significativa de los asalariados.

La crisis ha dejado una herida importante en la economía de nuestro país, herida que se puede cuantificar por la diferencia entre el PIB real y el PIB potencial, es decir, entre lo que realmente ha pasado y lo que habría pasado si no hubiese habido crisis. Un primer cálculo no lleva a decir que, a lo largo de la crisis, se han perdido unos 200.000 m€. Con esa cifra en mente, podemos decir que estamos muy muy lejos de haber superado esta crisis.

El propósito de una política económica digna de tal nombre es promover empleos para todos y salarios dignos. Con ese criterio, es claro que la política aplicada por el PP ha fracasado. Me llama la atención que la oposición mediática al PP que con mucho entusiasmo realizan algunas TV no ponga el foco en este asunto que es de enorme trascendencia para  la ciudadanía en general. Claro que es mucho más entretenido (y seguramente da más audiencia) seguir las peripecias de los Bárcenas, Camps, Soria y compañía. Quizás desde alguna parte se debería promover un debate económico en serio. Falta nos hace.

 

 

Este fin de semana se han celebrado los congresos de dos de los más importantes partidos españoles. Mis reflexiones sobre ambos se basan en la comparación con los partidos de otros países y en la evolución de las fuerzas políticas españolas en los últimos años. Más allá en los detalles, me interesa observar el perfil que trata de ofrecer un partido en su congreso y el rumbo que marcan los documentos que aprueban y los discursos de sus líderes.

En el mundo occidental, la novedad que se aprecia es el ascenso de partidos de derecha que promueven el proteccionismo, se oponen a la inmigración y buscan la descomposición de la Unión Europea en nombre de un nacionalismo radical. Trump, Le Pen, el UKIP, los de la Liga Norte, etc. son ejemplos claros y manifiestos de esta tendencia. En los EE UU, la victoria de Trump se produce después de que el movimiento político conocido como el Tea Party hiciera su camino, durante años, en el seno del partido republicano.

El congreso del PP marca un perfil muy alejado de esas tendencias. La novedad más importante de este congreso es la desaparición de Aznar de los órganos de dirección, algo que se había producido en los prolegómenos del congreso, lo cual, observando las declaraciones de Aznar, es un argumento que permite asegurar que el PP se aleja de los partidos arriba mencionados. Antes al contrario, los discursos que se han oído en este Congreso más bien apuntan a un partido pragmático y nada fundamentalista, lo cual es una muy buena noticia para el país. Insisto, el PP que sale de este congreso nada tiene que ver con las derechas nacionalistas y reaccionarias que avanzan por Europa. Lo cual no obsta para afirmar su carácter de derecha pero no es poca cosa que el PP, cuyas raíces se hunden en el franquismo, esté en una posición semejante a las derechas tradicionales europeas, tipo Merkel, Fillon, etc. Ha sido una evolución lenta. Pero nada queda ya de los fundadores de la vieja AP y muy poco del PP refundado por Aznar. Los casos de corrupción ya les afectan poco. En realidad el precio lo han pagado en forma de bajada electoral y, de algún modo, han sido una de las causas de la aparición de Ciudadanos. Justamente es este el problema que el PP debe afrontar de cara al futuro: la unificación del espacio de centro – derecha. Pero si juzgamos por la facilidad de obtener acuerdos entre PP y Ciudadanos, no parece que en el futuro hay obstáculos insalvables para esta recomposición. Lo que interesa destacar es que ese perfil de partido pragmático se aprueba sin oposición ni alternativa.  Y no parece que en España vayamos a tener algo parecido a Trump, Le Pen o compañía, aunque nunca se sabe.

El Congreso de Podemos ha decidido entre dos posibles rumbos. Ha sido una decisión importantísima y que marcará el futuro de este partido. Pero antes de valorar este asunto, conviene señalar que también ha sido un Congreso en el que Podemos ha demostrado fuerza, es decir, Podemos ha venido para quedarse, no parece ser un destello en la noche que se apaga enseguida. A riesgo de simplificar y borrar matices importantes, los dos rumbos entre los que el Congreso decidió son uno orientado hacia la extrema izquierda (el ganador) y otro orientado hacia una especie de nueva socialdemocracia. Uno orientado a buscar el entendimiento con el PSOE (el perdedor) y otro orientado a confrontar con el PSOE. Uno (el ganador) orientado a la movilización callejera y otro orientado a las instituciones.

Debería considerarse normal que un partido con tan pocos años de vida busque su camino, sobre todo en una situación tan confusa y tan complicada como la que atraviesa el país. Dos rumbos tan distintos son irreconciliables: no es posible una negociación que “lime las diferencias”. Un debate así solo se salda con una votación donde hay, necesariamente, vencedores y vencidos. Es natural, que el ganador ponga el equipo que esté al timón y que los perdedores esperen hasta que la vida demuestre si el rumbo elegido es acertado o no. En todo caso, los llamamientos a la unidad está muy bien, pero hay unidad cuando existe acuerdo sobre lo fundamental. No es el caso. Y esa va a ser una gran debilidad de Podemos, sobre todo teniendo en cuanta que Podemos no es solo lo que se ha reunido en Vistalegre, sino, además, las confluencias que ya tienen una dinámica propia, de modo que para la operatividad del conglomerado de Podemos más sus confluencias, lo recomendable sería un Podemos realmente unido.

El rumbo que ha elegido Podemos es una bendición para el PP, sencillamente porque hace muy difícil un entendimiento en la izquierda, que es la base para que el PP pierda el Gobierno. Sin embargo, no hay que dar por perdida para siempre esta perspectiva. Yo al menos pienso cada vez más en términos de lo que Miterrand llamaba el pueblo de izquierdas que siempre ha sido muy variado y que muchas veces ha estado confrontado. Sin embargo también ha sido capaz de alcanzar el acuerdo cuando la ocasión lo ha exigido.

Habría que hablar del importantísimo congreso que tiene el PSOE por delante. Sobre eso volveré en la próxima entrada.